La Opinión de Murcia
Son las 19.00 horas de un día cualquiera. Tras una jornada de trabajo, colegio y actividades extraescolares, la familia se reencuentra en casa. Están juntos, pero no hablan. Los adolescentes se encierran en su habitación y, en el mejor de los casos, se comunican a través del móvil o las redes sociales. Otros juegan con las pantallas. La escena no es solo doméstica. Se repite en la calle: grupos de jóvenes sentados juntos que no interactúan verbalmente entre ellos. La mirada fija en el móvil. Cabeza baja, teléfono en las manos y ni una palabra. Están juntos, pero no conversan y se comunican a golpe de mensaje o compartiendo contenidos visto en redes sociales. Quizá ríen al mismo tiempo, pero no se miran.
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