Cope Zaragoza
La nutricionista Nerea Gamboa, de la Clínica Universidad de Navarra y del Instituto Nutrición y Salud de la Universidad de Navarra, ha alertado sobre la normalización de ciertas conductas y síntomas en el deporte femenino que, lejos de ser saludables, ponen en riesgo el bienestar de las atletas. Bajo la premisa "esto no es normal aunque seas deportista", Gamboa ha señalado la importancia de detectar estas señales de alarma que indican un desequilibrio entre entrenamiento, alimentación y salud. Según la experta, a menudo se pasan por alto comportamientos que se han aceptado como parte del mundo deportivo, pero que en realidad van en contra de la salud. Entre las conductas de riesgo más frecuentes, la dietista destaca algunas como tener hambre y no permitirse comer. "¿En qué momento el tener hambre se ha convertido como en algo contra lo que tenemos que luchar?", se ha preguntado. Ha explicado que el hambre es una respuesta fisiológica que indica una necesidad de nutrientes y no debe ser ignorada ni camuflada. Otra señal de alerta es la creencia de que solo se pueden consumir ciertos alimentos si se ha entrenado, lo que genera una relación perjudicial con la comida. El control excesivo es otro de los focos de riesgo. Gamboa ha advertido sobre la obsesión por calcular calorías y macronutrientes mediante aplicaciones o comparar la ingesta con la de otras personas, especialmente a través de las redes sociales. Esta práctica, según ha indicado, puede llevar a una rigidez excesiva y a consumir menos de lo necesario. "Nos han vendido mucho que necesitamos menos que los hombres, y en muchos casos puede ser así, pero no necesariamente", ha comentado la nutricionista, quien ha puesto como ejemplo la situación de una mujer que, aun teniendo hambre, deja de comer al ver que su acompañante masculino ya ha terminado. Esta rigidez también se manifiesta en la angustia por no poder entrenar un día, lo que a menudo conduce a restringir la ingesta de alimentos para "compensar". Esta mentalidad, según Gamboa, genera un sentimiento de culpa y descuida la importancia del descanso, incluso cuando se está lesionada o con fatiga extrema. "No respetar ese descanso" y la obligación autoimpuesta de cumplir con un plan estricto de entrenamiento y alimentación impiden escuchar las señales del propio cuerpo. Estas conductas tienen repercusiones clínicas importantes que no deben ser subestimadas. La especialista ha recordado que la salud no es solo la ausencia de enfermedad, sino "un estado completo de bienestar físico, mental y social". Cuando la obsesión por el entrenamiento afecta a la vida social o al bienestar mental, el objetivo de la salud se pierde. Entre los síntomas físicos que deben poner en alerta, ha enumerado los desarreglos hormonales, como la pérdida del ciclo menstrual (amenorrea), la caída del cabello, la fragilidad de las uñas o los problemas digestivos frecuentes. Otros síntomas incluyen una mayor sensación de frío, la aparición de vello corporal como mecanismo de protección, una fatiga prolongada que va más allá del cansancio post-entrenamiento y un aumento en la frecuencia de las lesiones. Gamboa ha puesto especial énfasis en el deterioro de la salud ósea. Si durante la adolescencia y la primera edad adulta no se alcanza el pico máximo de masa ósea por una nutrición deficiente, el riesgo de sufrir osteoporosis en edades tempranas y fracturas por estrés aumenta de manera considerable. Finalmente, Gamboa ha subrayado que la búsqueda del máximo rendimiento no debe comprometer la salud. Querer mejorar y seguir consejos de fuentes no fiables puede llevar a cometer errores que van en contra del propio cuerpo. Por ello, ha insistido en la importancia de buscar ayuda de un profesional cualificado que guíe a la deportista. "Lejos de conseguir mi mayor rendimiento, estoy perjudicando mi salud, lo que hará que mi rendimiento no llegue a ese máximo", ha concluido. Identificar estas señales a tiempo es el primer paso para reconducir la situación.
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