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Las mantillas de A Coruña que visten el silencio en Semana Santa: "Detrás de cada una hay una historia personal, cada una sale con una promesa, con una esperanza" | Collector
Las mantillas de A Coruña que visten el silencio en Semana Santa:
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Las mantillas de A Coruña que visten el silencio en Semana Santa: "Detrás de cada una hay una historia personal, cada una sale con una promesa, con una esperanza"

Dicen que el negro de la mantilla no es solo luto, sino que representa un silencio que se viste. Es el encaje que protege una intimidad sagrada, un símbolo de respeto y devoción que cobra vida propia en la Venerable Orden Tercera de A Coruña. Más allá de la tradición, es un hilo invisible que une a más de dos decenas de mujeres en la cofradía de Nuestra Señora de la Soledad y Santo Entierro. Begoña es, desde hace cuatro años, la encargada de un grupo que no ha parado de crecer. "Al principio, éramos dos o tres mantillas nada más", cuenta. Con el paso del tiempo, "empezamos a animarnos chicas de todas las edades, de todas las condiciones, cada una con sus gustos, con sus formas de ser", explica. Este 2026, el grupo lo conforman 25 mujeres que, según Begoña, se unen en Semana Santa y encajan "superbién". Y desde luego, la visión de las mantillas en esta cofradía está muy alejada de algo antiguo. Quien marca el paso en las procesiones es Aldara, de solo doce años. "Siempre se empieza con el pie izquierdo y, más o menos, intentas ir con el ritmo de la música", detalla la joven. Para ella, es una vivir la fe sin complejos: "Es una experiencia muy especial, ya que representas tu religión, el cristianismo, y que no te tienes que avergonzar por las calles". A su lado procesiona Merceditas, que a sus 72 años ha visto pasar muchas Semanas Santas, primero tras el capirote y ahora bajo la mantilla. La emoción, asegura, sigue intacta. "Es muy emocionante, vas en otro mundo, yo por lo menos, parece que estoy en toda la religión", confiesa. A pesar de que "mucha gente lo toma de bromas", para ella "es una cosa muy bonita, me emociona muchísimo". Cada mujer trae su propia historia bordada en el encaje. Como explica Diana, una de las integrantes del grupo, no es solo una cuestión estética. "Detrás de cada una hay una historia personal, cada una sale con una promesa, con una esperanza", relata. En su caso, es una forma de recuerdo: "Yo siempre que salgo es porque me acuerdo de los que ya no están, como mi abuela,que  es la que me enseñó a rezar". Para ella, " es como un momento en que están con nosotros". En este grupo han encontrado una familia tan unida que jóvenes como Raquel, Lía y Carmen pasan de hacer TikToks a coger el rosario sin importarles la opinión de sus compañeros. Para Raquel, lo más importante es "pedir por toda la gente que quieres, y ese sentimiento que estás cuando estás con los demás, ver el Cristo y todo, la virgen, es como muy bonito". Carmen llegó por mediación de su familia, porteadores en Semana Santa, y repite este año, añade: "Cuando llegué aquí vi lo bonito que era y lo bien que se lo pasaban, y este año vuelvo a repetir". Semanas antes de las procesiones comienza un ritual que tiene lo suyo. El proceso de colocación de la mantilla es complejo: un moño tirante, dos peinas y la mantilla coronada por un broche. Manu, costalero y peluquero, les ayuda y aconseja para que todo aguante: "No laves la cabeza, ¿vale? Lávatela el domingo", recomienda a una de las mujeres para que el pelo "sucio" permita una mejor sujeción. Entre él y Ángeles han llenado de horquillas el cabello de Elena, quien se estrena este año como mantilla. A pesar de ser su primera vez, la experiencia es positiva y desmitifica cualquier incomodidad. "Supercómodo,  no pesa nada ni molesta nada, tú puedes girar  la cabeza perfectamente", asegura la debutante. Este año son 25 mantillas las que salen con la cofradía de Nuestra Señora de la Soledad y Santo Entierro. Están presentes desde el viernes de Dolores al Domingo de Resurrección, el día que cambian el negro por el blanco. Cuando empiezan las procesiones, este animado grupo de mujeres enmudece y se convierte en la hermandad de un silencio que solo rompe el sonido de los tacones en el empedrado. Una hermandad de oración. De comunión con la fe, de tradición y de emoción a paso lento. Han llegado por caminos distintos y han confluido en un grupo que es, en sí mismo, un refugio. Porque bajo el encaje negro, ya no hay edades, ni profesiones, ni miedos: solo hay veinticinco corazones que laten al mismo compás que el tambor.

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