Vanguardia
Narra el cubano Alejo Carpentier (1904-1980) en su novela Concierto barroco (1974) cierto viaje a Europa realizado por un rico mexicano acompañado por Filomeno, esclavo negro de origen cubano. En Venecia coinciden con los músicos barrocos Antonio Vivaldi (1678-1741), Jorge Federico Handel (1685-1759) y Doménico Scarlatti (1685-1757), quienes arman un concierto rocambolesco. “...en tanto que Antonio, sin dejar de mirar las manos de Doménico, que se le dispersaban en arpegios y floreos, descolgaba arcadas de lo alto, como sacándolas del aire con brío gitano, mordiendo las cuerdas, retozando en octavas y dobles notas, con el infernal virtuosismo que le conocían sus discípulas. —describe Carpentier—. Pero, entre tanto, Filomeno había corrido a las cocinas, trayendo una batería de calderos de cobre, de todos tamaños, a los que empezó a golpear con cucharas, espumaderas, batidoras, rollos de amasar, tizones, palos de plumeros, con tales ocurrencias de ritmos, de síncopas, de acentos encontrados, que, por espacio de treinta y dos compases lo dejaron solo para que improvisara.”
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