Cope Zaragoza
La historia de Barcelona alberga episodios de una magnitud tan espectacular que superan la ficción. Uno de ellos tuvo lugar en junio de 1535, cuando la ciudad se convirtió en el epicentro de una de las mayores demostraciones de poder militar de la época: la gran parada naval del emperador Carlos V. Este acontecimiento, previo a la partida de la expedición para la conquista de Túnez, ha sido rememorado por el historiador Óscar Uceda, miembro de la asociación de historiadores de Cataluña Antoni Capmany, en el programa "Herrera en COPE Cataluña". Uceda ha desgranado los detalles de un evento que no solo congregó a un formidable ejército multinacional, sino que también quedó grabado para siempre en la memoria colectiva y en el arte. El evento central fue una "revista" o "alarde de tropas", una exhibición en la que el emperador Carlos pasó revista a un ejército multinacional compuesto por soldados italianos, alemanes, catalanes y andaluces, entre otros. Según relata el historiador, más de 300 barcos se congregaron en el puerto de Barcelona, incluyendo naves del Papa, de Flandes, de Andalucía y de los aliados portugueses, quienes aportaron un impresionante galeón conocido como el Botafogo. La magnitud del desfile fue tal que "se recordó durante décadas en Barcelona", convirtiendo a la ciudad en un imponente escenario de poder imperial. Esta monumental demostración de fuerza no se perdió en el tiempo. Fue inmortalizada por el prestigioso artista flamenco Willem de Pannemaker en uno de los tapices de la famosa serie "La conquista de Túnez". Esta obra de arte, que hoy forma parte de Patrimonio Nacional, captura con un detalle excepcional el momento de la revista de tropas en Barcelona. En ella se aprecian las "espectaculares armaduras, los caballos y miles de hombres" que participaron en un despliegue diseñado para impresionar al mundo y consolidar la imagen del poder del emperador. La razón detrás de tan colosal movilización era estratégica: la conquista de Túnez. La ciudad había caído en manos de los turcos y de su más temido almirante, el corsario Barbarroja, que había destronado al rey local, Muley Hassan, un aliado de Carlos V. Uceda describe a Barbarroja como una figura que infundía un pánico generalizado en la región, pues "era el terror de toda la mediterránea cristiana", dedicándose a asaltar costas, tomar esclavos y saquear sin piedad. El control de Túnez por parte de este poder hostil suponía una amenaza directa para los dominios del emperador en Italia, como Sicilia y Nápoles. El papel de Barcelona en esta empresa fue fundamental. Además de ser el punto de reunión de la flota, las Drassanes Reials de Barcelona (los astilleros reales) trabajaron a pleno rendimiento para la ocasión. En ellas "se construyeron 32 galeras" que se sumaron a la expedición, como ha recordado el historiador. Estas galeras eran similares a la galera real de Juan de Austria, cuya réplica a escala real utilizada en la Batalla de Lepanto puede visitarse hoy en el Museo Marítimo de la ciudad, ofreciendo una idea clara de la avanzada ingeniería naval de la época. Sin embargo, no todos los monarcas cristianos estaban unidos contra la amenaza otomana. El gran rival de Carlos V, el rey Francisco I de Francia, jugó un doble papel que rozó la traición. Según detalla Óscar Uceda, cuando el emperador le invitó a unirse a la coalición, el rey francés no solo se negó, sino que "se hizo el longuis" e informó en secreto a los turcos de los planes de la ofensiva sobre Túnez. Esta actitud, aunque previsible dada la constante rivalidad entre ambos, supuso una grave deslealtad en el seno de la cristiandad. La traición francesa se hizo evidente durante los combates. El historiador ha señalado que, una vez iniciada la batalla en Túnez, las tropas imperiales descubrieron con estupor que parte de la munición y los cañones que usaban los otomanos contra ellos eran de procedencia francesa. Este hallazgo confirmó la alianza encubierta del rey francés con el enemigo. En su afán por debilitar a su adversario, Francisco I "utilizó todas las herramientas posibles, hasta el extremo de aliarse con los turcos contra los españoles", portugueses y el propio Papa. Esta alianza franco-otomana llegó a tener consecuencias directas en territorio francés. Uceda explica que el rey galo permitió que los turcos se establecieran en puertos del sur de Francia, como el de Marsella, una decisión que "no fue bien recibida por la población civil". A pesar de las maniobras y traiciones de Francisco I para socavar el poder de su rival, la historia demostraría que la balanza finalmente se inclinaría a favor del emperador Carlos V, cuya campaña en Túnez se convertiría en una de sus victorias más célebres.
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