INFORMACION
Hay mucho de miseria moral en que lo que importe sea el quién y no el qué. Vivimos instalados en una balanza selectiva, hecha a medida de nuestras simpatías. El mismo hecho -un insulto, una corrupción, una mentira o incluso una agresión- cambia de color según quién lo protagonice. Si «es de los nuestros», lo justificamos; si pertenece al bando contrario, lo condenamos con furia. Y así hemos perdido toda noción de coherencia, que es -o debería ser- la piedra angular de cualquier ética.
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