ABC
Salimos de casa siguiendo las huellas de dos místicos muertos hace más de cuatrocientos años, sin buscar nada en concreto, y sin embargo lo que encontramos tenía algo de todo lo que no estábamos buscando. Hablo de bares con vocación de ayuntamiento, iglesias cerradas pero abiertas, paisajes planísimos en los que se adivina el infinito y tradiciones que resisten gracias a un moribundo que cantó un romance de Lope de Vega meses antes de morir. Pero me estoy adelantando. El autobús nos dejó en Ávila, donde todo es santa Teresa y frío. De ella guardan el leño que usaba como almohada en el Convento de la Encarnación, y que resume lo que fue la reforma teresiana: austeridad dura, severidad en... Ver Más
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