La Opinión de Murcia
En Semana Santa, su infancia son recuerdos llenos de nostalgia. Aquellos días de las procesiones grandes, el miércoles y el viernes, bajando las sillas de su casa para situarlas en la acera donde ver la procesión. Y ya el día entero vigilando que nadie las corriera de su sitio, conseguido madrugando, y tomara posesión de su trozo de suelo. Las filas estaban claras. Primero las de las sillas de pago, y, tras ellas, las suyas de su viejo comedor, las de la gente sencilla que solo pagaba unos céntimos por situarse. No había sillas para toda la familia, y la mayoría de las madres se pasaban la procesión con un hijo sentado encima.
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