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Magdalena, o la llaga que aprendió a amar
La Opinión de Málaga

Magdalena, o la llaga que aprendió a amar

Yo no sé en qué momento empezó mi ruina. Hay mujeres a las que la desgracia les entra en la casa como entra el polvo: poco a poco, por las rendijas, hasta que un día lo cubre todo y ya nadie recuerda el color verdadero de los muebles. A mí me entró así. Primero fueron los murmullos, luego las miradas, luego ese modo en que el pueblo decide el nombre de una mujer y se lo clava a la frente como un hierro incandescente. Dicen que fui pecadora. Dicen que estuve rota. Dicen que llevaba dentro siete demonios, y yo no sabría contradecirlos, porque a veces una misma no sabe si lo que la devora viene del pecado, del dolor o de la soledad.

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