Cope Zaragoza
Es uno de los actos centrales de la Semana Santa vallisoletana, máximo exponente de la Semana Santa castellana. Cada Viernes Santo, la Cofradía de las Siete Palabras organiza el Sermón homónimo que un religioso pronuncia ante la Plaza Mayor de la capital castellano-leonesa. En este año, el arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes, será el encargado de manifestar esa reflexión sobre cada una de las Siete Palabras que pronunció Jesús en la cruz: "Son siete gritos como quien entona el canto del cisne en la cantata del amor antes jamás escuchada. Es el epílogo de toda una vida tejida de claroscuros agridulces entre el don más infinito de parte del Señor y la resistencia más triste por el hombre destinatario", comenzaba el prelado. "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen", proclamaba Jesús, mientras le crucificaban en el Gólgota, junto a dos malhechores. "Él quiso interceder, ponerse de nuevo entre el cielo y la tierra, entre sus hermanos los hombres y su Padre Dios. Su oración abrirá la puerta de salida más misericordiosa e indebida en el callejón cerrado a cal y canto de nuestra oscuridad más temible y temida. No sabemos lo que hacemos, no", reflexiona Sanz Montes, que insiste en que la ignorancia, no resta culpabilidad a nuestros actos, ni entonces, ni ahora; la responsabilidad que tenemos hacia nuestro entorno y la sociedad en la que vivimos es la misma, conozcamos o no lo que estamos perpetrando, pero aun así "la oración de Jesús al Padre sigue llegando como clamor que intermedia pidiendo el perdón que nos salva. Él es el abogado que templa nuestras gaitas, quien endereza nuestros entuertos, aquel que allana nuestras altiveces, y quien nos devuelve al camino verdadero tras todas nuestras aventuras pródigas que nos sacaron del hogar en el que somos hijos siempre, hijos malos tal vez, pero nunca hijos huérfanos sin la mirada de un Padre cuyos ojos otean cada día nuestro regreso y en cuya entraña sabemos que alguien nos espera cada mañana", concluye el arzobispo ovetense. "Hoy estarás conmigo en el Paraíso", le dice Jesús a uno de los malhechores que le rogaba por su intercesión, mientras le afeaba al otro los insultos que le dirigía a Jesús: "¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo", decía el crucificado. "Así llega la segunda entrega de este Sermón del Señor de sus Siete Palabras: “hoy estarás conmigo en el paraíso”. Esto significa que a Dimas se le perdonó con el perdón más infinito; tanto, tanto, que supuso la primera canonización cristiana sin los largos procesos de verificación y discernimiento por parte de la Iglesia, sino por el reconocimiento claro del mismo juicio de Dios. Así, le preparó Jesús a San Dimas el altar, la hornacina y la peana que sólo lucen en el cielo los que directamente canoniza Dios", reflexiona Sanz Montes. "Mujer, ahí tienes a tu hijo... Ahí tienes a tu madre", les decía Jesús a la Virgen y a su discípulo Juan, cuando les distinguió desde la cruz que le condenaba. Si las dos palabras anteriores las relata san Lucas, evangelista, esta se encuentra en el Evangelio de san Juan, el joven discípulo amado por Jesucristo. "A María se le confía una nueva maternidad, que ella engendraría en el seno del dolor. No se trataba de una maternidad homóloga como si el hecho de ser madre de Jesús fuera intercambiable con ser madre de Juan. Jesús no menciona a Juan por su nombre, ni a María por el suyo: los extrapola para darles un horizonte de universalidad. Es la mujer que se hace madre, es el discípulo que se hace hijo. Pero se da una verdadera maternidad que María asume por indicación de Jesús acogiendo al discípulo Juan, y se da también una auténtica filiación que Juan hace suya acogiendo desde aquel momento a María como su propia madre.", reflexiona el arzobispo. "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?", exclamaba Jesús, en toda su humanidad, en diálogo con su Padre. Era la hora Nona, la hora de la profunda agonía de Jesús, que, en aquel Viernes, se desgarraba antes de morir con un grito de incomprensión ante la soledad que siente colgado en la cruz que le mata impasiblemente. "Hasta este punto se quiso solidarizar Jesús con nuestra pobre humana condición, tan llena de preguntas para las que no tenemos respuesta cuando nos atenazan los miedos, nos acorralan las sombras y nos llenan de vacíos los ausentes escapados que no nos acompañan, o las dudas ardientes para las que no tenemos réplica alguna." "Tengo sed", decía un Jesús moribundo, que luchaba, sin embargo, por agarrarse a la vida, con esa necesidad tan intrínsecamente conectada a la vida como el agua. Una petición que fue respondida con la enésima tortura, con la enésima burla y humillación, con una esponja empapada en vinagre que no solo no saciaría la sed, sino que agudizaría el sufrimiento de Jesús. "En esta palabra de Jesús crucificado, el pozo tiene forma de cruz, y el que vino a darnos el agua viva, grita Él sediento en el estertor de su agonía. Es el agua que se hace mendiga en los labios resecos de Jesús, como en otro momento su mirada llenó de luz los ojos del ciego de nacimiento. Él viene a señalarnos nuestras contradicciones contemporáneas. Podríamos decir justamente al revés de lo que reclama este mundo opulento, frívolo e insolidario cuando asistimos con pasmo al vacío del que se llena nuestra nada: «Dame un poco de sed, que me estoy muriendo de agua». Así, justamente así, al revés, sería el grito de una generación que teniéndolo casi todo, parece que no logra descubrir el sentido de la vida cuando hay falsas aguas para una sed verdadera", asegura en su sermón Sanz Montes. "Todo está cumplido", pronuncia Jesús después de probar el vinagre, justo antes de inclinar la cabeza, entregándose a su destino. Un final que refleja cómo Jesús había vivido 33 años de misión cumplida, la misión encomendada por su padre y que Jesús completaba con el sacrificio más sagrado, el que hizo por todos. "«Todo está cumplido», es decir, no ha sido ni una filfa engañosa ni un fracaso nefasto, sino una vida entera que llegaba a su final con los deberes hechos desde su fidelidad filial rendida al Padre Dios. Pero fue larga aquella andadura de Jesús. Por breves que puedan parecer los pocos años que compartió con nosotros, fueron de una gran intensidad", asegura Sanz Montes. "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu", las últimas palabras antes de expirar. Jesús moría como nacía, entregado a Dios, su Padre, dejándonos a todos el legado y el aprendizaje que simboliza su vida de entrega total, fiel e incondicional. "Sacando fuerzas donde ya no le quedaban, tuvo la ocasión de gritar por última vez con toda su fuerza clamando con voz potente. No para maldecir su deriva, no para blasfemar por su suerte, no para inculpar a los demás de su condena indebida, sino para devolver a quien le dio todo lo que de Él recibió: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu». Y, dicho esto, expiró (Lc 23, 46). Fueron sus últimas palabras", concluye Sanz Montes sus reflexiones sobre las Siete Palabras. Ante la histórica Plaza Mayor de Valladolid, ante el gran misterio de nuestra fe, el arzobispo de Oviedo reflexiona, a modo de conclusión, sobre "la verborrea cínica y tramposa de nuestros días": "Las Siete Palabras de Jesús juzgan las situaciones sórdidas que a diario aparecen en todos los estratos de la sociedad. Ahí abultan las sombras y los rumores de un viaje sin norte, sin brújula y sin horizonte. Basta leer las noticias diarias para darnos cuenta del deterioro al que hemos llegado cuando la corrupción se maquilla hasta lo obsceno, las mentiras se normalizan como forma de gobernanza, la inmoralidad sale a chorros entre los vendedores de moralina, y la irresponsabilidad de los mandamases que roban a mansalva, mientras tantos inocentes pagan con su vida. Con este bronco paisaje nos ha vuelto a sorprender la cuaresma cristiana y este colofón de la Semana Santa en cuya cima penitencial nos situamos en el Viernes Santo por antonomasia en esta emblemática plaza vallisoletana para escuchar las Siete Palabras.
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