La Opinión de Málaga
El Viernes Santo en La Trinidad tiene dos colores: azul y rojo. Es cuando las familias de toda la vida se reúnen para comer en casa, preparar el hábito de nazareno, la mantilla o la túnica de portador. Es momento de descansar por la tarde, con una tertulia en la que se habla de la tita, de cómo está la abuela, de "cuánto tiempo hace que no ves a Antonio, tu amigo del colegio" o de lo triste que fue cuando se murió María, esa vecina a la que tanto cariño se tenía en el edificio. Sale la Soledad de San Pablo y puede que las calles no se llenen como cuando sale el Cautivo. O no haya una petalada como la que recibe la Virgen de la Salud. Pero se respira cercanía, vecindad. Si para el Cautivo había una familia que venía de Almería para verlo, el Viernes Santo el que viene es tu prima, tu grupo de amigos de toda la vida o tus padres. Es el pegamento que une al barrio sin estridencias, con los lazos de la cercanía y el cariño.
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