ABC
Dice Vicente Dalmau (Madrid, 1970) que no separa vida de trabajo, y esa imbricación irrenunciable que trenzó su destino se ve también en su elegante porte clásico y en el trato cercano y cálido con el que alfombra la charla. Como sus vinos y su bodega, la exclusiva y premiadísima Marqués de Murrieta , el conde de Creixell se declara comprometido con la excelencia y a ella dedica todos sus días y esfuerzos desde que, hace treinta años, el repentino fallecimiento de su padre, Vicente Cebrián Sagarriga, lo puso al frente de la empresa -pionera en La Rioja, desde 1852, y que la familia había adquirido en 1983- junto con su hermana Cristina. En el castillo de Ygay, en Logroño, tiene su epicentro, rodeada de viñedos y declarada museo por su importancia histórica, patrimonio y arquitectura. La compañía se completa con la gallega Pazo de Barrantes, que poseían desde antes, aunque ambas bodegas sufrieron una profunda transformación en sus manos que las ha llevado a colocarse en lo más alto del sector, productores de etiquetas premium con las mejores puntuaciones del mercado y todo tipo de reconocimientos empresariales y vinícolas. Además, acaba de abrir las puertas de Casa Murrieta en Madrid, sede corporativa pero también social desde la que arropar a clientes, proveedores y amigos. Decorada por el renombrado arquitecto e interiorista Lázaro Rosa-Violán , en su nuevo salón se sienta a conversar con Summum. Dalmau -que no está casado ni tiene hijos- habla del vino con pasión, pero también con claridad, y mientras repite que no cree que competir por precio sea una estrategia favorable para España -desde luego nunca fue la de Marqués de Murrieta-, reclama más apoyo para Rioja por su peso en la industria y también, a los propios, la necesidad de ahorrar jerga y protocolos que asustan al consumidor en lugar de acercarlo a la copa. ¿Por qué esta Casa Murrieta en Madrid? Tiene dos fines: es nuestra sede de trabajo, somos casi treinta personas que hacemos aquí toda la operativa de ventas, marketing, comunicación y administración general. A eso ahora le hemos añadido esa parte social que es lo siguiente que queremos. Nosotros recibimos continuamente a importadores extranjeros. Estamos en 106 países del mundo y el 65% de nuestras ventas van al exterior. La bodega no deja de estar a tres horas de aquí, así que combinamos ambas visitas. Es que ir a La Rioja tiene lo suyo en cuanto a transporte… Sí, tenemos un grave problema por el que estoy luchando, a ver si lo consigo. Rioja es uno de los grandes activos que tiene España, es una belleza absoluta que está abandonada. Tenemos un aeropuerto en el que se invirtió mucho, pero no hay aviones. Hay un solo vuelo pensado para los de Logroño, porque sale de allí por la mañana y vuelve de Madrid por la noche. Al revés. Claro, si invitas a alguien debe hacer dos noches y levantarse a las 6 de la mañana para coger el vuelo de vuelta. Habría que tener un objetivo claro y contundente de llevar gente allí. Y con el AVE nos hemos quedado en medio. Hay un proyecto de esos que no llegan nunca. De hecho, nos expropiaron una parte de la finca de viñedo para ello, que por el bien común tendría sentido, pero resulta que está hecha la entrada, la vía, pero no está el AVE. Y de esto pasaron ya ocho años. Si hubiera AVE, una persona de Madrid o de Barcelona se pondría en Rioja en algo más de hora y media. Sería una transformación de tal calibre para el turismo… ¿Qué supone el enoturismo para vuestra bodega? Yo empecé con el enoturismo. Hasta hace 25 ó 30 años, el mundo del vino era de secretismos, las bodegas no se abrían. Yo tuve una infancia que voy a calificar de curiosa por no decir difícil, por no meternos aquí en tristezas. Tuve la desgracia de perder a mi padre a sus 46 años, y a mis 25 me tocó liderar este proyecto. Hice mi carrera en la Universidad de Navarra porque él decidió trasladarse de Madrid a Rioja y comencé a trabajar muy pronto, jovencísimo. Mi padre me había puesto a llevar la exportación aprovechando que era bilingüe. Nosotros teníamos una bodega enana, ridícula, en Galicia, pero cuando él vio la oportunidad de comprar Murrieta, se convirtió en algo más serio. En mis viajes conviví mucho con Estados Unidos y me di cuenta de que allí había un reto con Napa, porque la cultura del vino era prácticamente inexistente en ese país y aplicaron unas dosis de cosas que aquí, desde la parte tradicional y clásica de Europa, no entendíamos. Una de ellas era el enoturismo para atraer y generar cultura del vino en un país que por cierto se ha convertido en el más importante en consumo. Eso me abrió la cabeza, y así, cuando cuando me quedé al frente, después de unos años no complicados, sino lo siguiente, y de mucha soledad, puse en marcha la reestructuración y la actualización de todo el proyecto de Murrieta y de Pazo, y la primera inversión que hice fue transformarlo para que tuviera un porcentaje importantísimo dedicado al enoturismo. Hoy tenemos unos 8.000 metros cuadrados exclusivos para ello. Hizo más cambios. La restauración del Castillo de Ygay, nuestra sede original, y el museo, además de más salas de catas y un proyecto gastronómico enorme donde hoy conviven cinco chefs y dos sumilleres fijos, con tres comedores privados que son parte de lo que es la visita, que tiene cuatro escenarios distintos, con recorrido de la bodega productiva y el campo y diferentes catas y comida. Murrieta tiene algo único en Rioja, y es que está en medio de una finca. En nuestro caso, el cien por cien de la uva que transformamos en vino es propio. Son 300 hectáreas de viñedo alrededor de nuestra bodega. ¿Cuántas personas la visitan cada año? En torno a ocho o nueve mil. Me dediqué en cuerpo y alma a enseñar lo que estaba ocurriendo dentro de la bodega. No solo era algo que no se hacía, sino que además empezamos a cobrar unos precios importantes -la visita más barata son 70 euros, de ahí se puede llegar a los 300- y fui criticado por ello en Rioja. Pero yo creía que si alguien pagaba era porque realmente tenía interés, no porque no tuviera nada que hacer. ¿Cree en el maridaje? Creo que es fundamental que haya un equilibrio para que no exista destrucción, sino sumatorio, un balance entre el plato y el vino. De lo contrario, uno destruye al otro, y no hay cosa más maravillosa y apasionante que el equilibrio, en todos los aspectos de la vida y en la gastronomía. De hecho, los nuestros son chefs de vino, lo que están haciendo es mandar un mensaje claro, contundente, sólido, de lo que es Murrieta, y en torno a Murrieta hay un proyecto gastronómico, pero el eje es el vino. Como experto, ¿en qué momentos aconseja beber vino? Somos uno de los factores o artífices de la lejanía del público hacia el vino. Damos miedo. Damos miedo ya desde la terminología que utilizamos. Cada vez que estoy comiendo con amigos me piden que elija el vino, y me dicen que ellos no pueden opinar. ¿Por qué? Igual que puedes opinar de un rabo de toro que estás tomando puedes hacerlo del vino. Tenemos que quitarle cierta carga de profundidad. Así que, ¿en qué momento? Cuando te apetezca, como te dé la gana, en las condiciones que quieras, donde quieras, como quieras, con quien quieras. ¿Usted cuándo lo hace? Yo no soy un consumidor solitario. Creo que una de las misiones principales o atributos que tiene el vino es la capacidad comunicativa, y no me refiero al efecto del alcohol. Esta es una de las cosas que quiero, que haya un 'networking' en torno al vino, que esta sede sea una especie de costilla cosmopolita de Murrieta en Madrid. Acercar, acercar, acercar. El vino tiene la capacidad de hacer amigos. Muchísimas veces nos sentamos en torno a una mesa con desconocidos, pero vas probando, hablando del vino (siempre desde la moderación en su consumo) y surge la comunicación y posiciones alejadas se acercan. Considero que tengo muchísima suerte, porque creo un producto que es neutral. No es política, no es fútbol, que ahí tienes más amor por los colores. En el vino tienes al amante del sector y al que no es bebedor, pero suele respetar, o dice, qué pena que no me guste, e incluso hace un esfuerzo por probarlo. Sin embargo, el consumo sigue bajando. Estamos en un momento a nivel mundial, y especialmente nacional, en el que nunca se han hecho mejores vinos. Da igual de qué zona, qué pueblo, qué uva, el factor cualitativo está presente en un porcentaje altísimo de ellos. Otra cosa es que valores el de exclusividad, identidad o personalidad única, que es lo que diferencia a unos vinos de otros, pero la media cualitativa de España yo diría que es la más alta del planeta ahora mismo. Y también de algo de lo que yo no presumo, porque no me gusta nada, que es lo de la relación calidad-precio. ¿Vendemos muy barato? Esto es algo que me cabrea mucho. Es uno de los problemas de este país. España es sinónimo de lujo absoluto. Tenemos un sol que lo estamos malvendiendo. La gastronomía de este país, no hay persona del mundo que no venga aquí y diga, '¿qué es esto?'. No solo en un tres estrellas Michelin, es que en la tasca te pones de rodillas. Tienes un producto único que es el aceite, al cual no le damos importancia porque hemos convivido con él desde que somos pequeños. Cada vez que sube un poquito de precio es un drama, cuando tenemos en nuestras manos algo que es oro puro, que afuera lo reciben como un maná. La famosa dieta mediterránea es una dieta única. Los jamones, el vino, el queso… Cuando se habla de la despensa francesa y de su sector del lujo… El queso francés lo ha hecho maravillosamente bien, pero el español es fantástico. Han hecho mejor márketing… En primer lugar, han creído en su producto. A nosotros nos ha faltado esto. También nos han faltado unas políticas a largo plazo, porque hay que seguir invirtiendo e invirtiendo. Debido a que baja el consumo… Volviendo a los motivos, algo que me parece incomprensible es que tenemos una juventud alejada del mundo del vino. Se habla de sentirse bien, de salud, etcétera, pero sin embargo se han disparado las drogas. Si la obsesión es la salud, no lo entiendo. También hay una razón sociocultural, que está más relacionada con la desaparición de la familia tradicional, en la que la cultura del vino se trasladaba del padre a los hijos. En las comidas familiares que yo he vivido en mi casa, que eran obligatorias, tu padre pedía una botella de vino. Ahora no se come juntos, o están todos con el móvil. Pero el vino forma parte de nuestra cultura. Es cultura y es historia de España. Estamos en el mayor viñedo del mundo. Nos deberíamos preocupar mucho de que uno de los grandes activos de este país no esté llegando al público final. Mi misión es acercar el público al vino, evitar terminología extraña, quitar miedo. Te pongo casos: cuando alguien está conmigo y le pone un hielo al blanco, me mira con cara de 'este tío me va a matar', cuando yo lo que quiero es que disfrute. Que a veces somos ogros, y alejamos. Que cada uno haga lo que quiera con el vino, que beba como quiera. Tengo experiencias muy divertidas, o que a algunos le provocarían un infarto, como que algún amigo se haga tinto de verano con vino bueno. Yo en cambio creo que eso es fundamental, como si es con Marqués de Murrieta. Hoy te tomarás un tinto de verano y otro día te apetecerá un vino porque ya se ha acostumbrado tu paladar. Creo que no debemos darle unas connotaciones tan bíblicas, tan serias, e intentar que todo el mundo se acerque. Siendo un país productor, estamos en 14 litros por persona, cuando veníamos de los 40 y tantos. Son datos que nos deben alarmar, porque hay una industria y una economía montada en torno al vino, muchas familias viven de él. Tenemos que cuidarlo, hablar del enoturismo, de cómo hacemos para atraer, para enseñar, para que la gente se interese. ¿La restauración juega un papel también en esto? Por mi educación en Estados Unidos, puse lo del vino por copa, que aquí era una aberración o había solo de un vino asqueroso. Ahora tienes un elenco de grandes vinos por copa, me encanta. Así, en una mesa aparecen distintos vinos y vas descubriendo, probando y conociendo. Cuando hace 25 años empecé a transformar Murrieta para pasar de un clásico rancio a un clásico actual tenía que dar a conocer lo que estábamos haciendo y me metí con esto. Decían que si había perdido la cabeza, ¡un Murrieta o un Castillo de Ygay por copas! Pues oye, a base de hacer cosas, conseguimos que la gente viera los cambios y atrajimos a un montón de consumidores. Con este nivel de excelencia, pero también de competencia, ¿cómo se hace para mantener la calidad? Es una filosofía de vida, en la que tú respiras, vives, comes, cenas y te acuestas pensando solo en esto. La excelencia supone mucho sacrificio, en todos los ámbitos, también desde el personal. Lo mío es un concepto de vida, la dedicación plena y constante, la atención al detalle… Tengo un drama que es el perfeccionismo, que es maravilloso a nivel empresarial, pero a nivel personal es drama, drama, drama. Porque es una especie de insatisfacción continua que te lleva a estar siempre imponiéndote metas para perfeccionar. Hay un sacrificio desde el punto de vista cualitativo, pues si hay vinos que no dan la talla, tienes que sacrificarlos, y eso supone un trauma en la cuenta de resultados. Algo que ya habéis hecho alguna vez. Si entendemos que el vino necesita más barrica, más depósito, más botella, en lugar de sacarlo en enero del 26, lo sacamos en enero del 27. Eso es un año de no ingresos. De hecho así lo he decidido este año. Tienes un pensamiento continuo en la satisfacción de tu cliente, en que un vino se convierta en su amigo. Entendía por tanto que aún era muy agresivo, que le faltaban connotaciones de elegancia, que necesitaba redondearse, y entonces hemos tomado la decisión de presentarlo el año que viene. Eso es sacrificio. ¿Cómo se sostiene una cuenta de resultados con estos golpes de timón? Pues nada, convivir. Porque, además, en el mundo de la excelencia la inversión es constante. Es un concepto de vida, debes sacrificar una cosa para seguir manteniendo el nivel. Por ejemplo, con Castillo de Ygay, que ha ganado todos los premios y todos los puntos que hay, estamos vendiendo la añada 2012, pero he decidido que ni la 13, ni la 14, ni la 15 se vendan. Así que, en un vino que es el que más nos reporta en márgenes, el más alto en precio, vamos a estar dos o tres años sin vino. El daño es, uso otra vez la palabra, dramático. Pero para que una marca esté conceptuada como las mejores del mundo, tienes que pasar por todo esto. ¿Y eso lo puede hacer porque es una empresa familiar en lugar de tener otros dueños? Es un factor determinante. No me refiero a mi familia, lo digo desde la humildad. Una familia entiende mejor, o se relaciona mejor, con un ser vivo como es el vino que una cuenta de resultados, que no deja de ser un ente inerte. Muchas de las bodegas que están en bolsa o las que están dirigidas por fondos de inversión están sometidas a este, en mi opinión, problema. Por eso, el ámbito donde mejor vive el vino es en el familiar. No lo digo yo, sino la crítica: en los 100 mejores vinos del mundo da la casualidad de que hay un denominador común, una familia detrás. ¿Cómo es hoy el cliente de Murrieta? Hay un abanico. Hacemos diferentes vinos que nos llevan a públicos distintos. El del Ygay tiene un poder adquisitivo importante, pero está muy adentrado en la cultura del vino. Lo necesitas para percibir todo lo que te está dando. Tienes un amante del mundo del vino pero más iniciador, más hecho a la nueva era del mundo del vino, más metido en los vinos argentinos, chilenos, sudafricanos, americanos, con más potencia, más músculo, más color, más fruta, que es un amante del Dalmau. Y luego tienes un cliente que es el de Murrieta, iniciado pero más joven, porque este es un vino de un lujo asequible. El Capellanía mismo, que son nuestros blancos, ya es otro nivel, es un vino maduro, de guarda, para consumidores de blancos maduros, serios, tipo los de Borgoña o los de Galicia o Rioja. El consumo de blanco está creciendo mucho. Sí, por varias razones. Una, que no la entiendo, es que el consumidor piensa que afecta menos, aunque tenga casi el mismo alcohol. Luego hay una entrada importantísima, de la cual me alegro un montón y que hemos luchado, que es la de la mujer en el consumo, y a muchas les gusta el blanco. También está influyendo el cambio climático, más las terrazas… El blanco está en un momento mucho mejor que el tinto. ¿Qué grandes desafíos tenéis ahora? No sé si ese cambio del clima es uno de ellos. Tenemos desafíos e inversiones, van unidos. Con el cambio climático las plantas se están aclimatando a unos cambios drásticos. En el mundo del vino se lucha plantando cada vez a más altura, donde las temperaturas son distintas. Y plantando uvas más corpulentas para resistir, que aporten más acidez, que es la base de los vinos de calidad, lo que ayuda a construir vinos más longevos. Porque la acidez se quema en el campo con el sol, entonces al subir se mantiene mejor, además de que hay ciertas variedades, como la graciano y la mazuelo en Rioja, que aportan mucha acidez, mucha frescura, vida. O el albariño. Entonces, nosotros tenemos plantado más de esas uvas, hemos subido todo lo que podemos la altura y estamos buscando zonas más altas para comprar. ¿Cómo definiría su estilo de liderazgo empresarial? ¿Cómo le gusta que trabaje su plantilla? En un rol así tienes una misión muy importante, que todos se sientan partícipes del proyecto, de la familia, de la derrota y del triunfo. Hoy son 130 personas que deben entender perfectamente el por qué de las cosas, de estos sacrificios que mencionaba. El grado de autoexigencia que yo me autoimpongo que ellos también se lo impongan, y que se sientan orgullosos de pertenecer a este a este mundo en el que estamos. Líder sí, pero sin ellos no soy nada. Yo puedo puedo poner la proa de un barco hacia un horizonte, pero si no tengo el apoyo, no soy nadie. Mi hermana Cristina convive conmigo diariamente en este proyecto, es la que lidera toda la parte administrativa y de proyectos de inversión nuevos. ¿Qué valores le gusta transmitir a su equipo? Esta filosofía clara, que recibí de mi padre, de la seriedad, la honradez, la responsabilidad y la constancia. Me vas a decir que estoy loco, pero se percibe claramente cuando un vino es honrado. Catando, puedes notarlo, ves si han mezclado vinos, si la barrica es la correcta, el grado de aportaciones, todo eso se ve. Y la responsabilidad. Somos la bodega más antigua de la Rioja y de Galicia, un eslabón en una época concreta de la historia de algo que es uno de los ejes culturales de este país, porque el vino es arte, cultura e historia. Y para todo esto hay que meter una dosis de constancia de trabajo infinitas. ¿Trabaja mucho?. Es lo único que hago. Cuando me preguntan qué 'hobby' tengo, no sé qué decir. Tengo pasión por el mar, pero no desde el deporte o la vela, sino porque me genera una tranquilidad única. Antes de morir mi padre esquiaba, jugaba al tenis y al pádel… pero luego me he enamorado de esto. Yo no sé poner una raya entre mi vida y mi trabajo. Reconozco que para muchas personas será imposible trabajar conmigo, por la intensidad, y para otros que lo vivan como yo será maravilloso compartir momentos y proyectos que a lo mejor en una multinacional no llegas nunca ni a ver en su conjunto. Pero hace deporte, se cuida. Para mantenerme en este mundo de la gastronomía tengo un entrenador que me levanta a las 6 de la mañana, porque si no, a mí no me pilla nadie en un gimnasio. Como soy responsable, honrado y constante, si quedo con él, ahí estoy, pero no tengo esa pasión. Sí me apasiona mi mundo y estar continuamente creando cosas.
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