Ultima Hora Mallorca
Hace un año publicaba en estas mismas páginas un reportaje sobre el proyecto familiar de una finca de Sant Lluís donde algo no acababa de encajar con el relato habitual del campo menorquín. Mientras la mayoría del sector hablaba de costes al alza, de falta de relevo generacional y márgenes cada vez más estrechos, allí pasaba justo lo contrario. Los números salían. No era magia ni una subvención milagrosa sino otra manera de trabajar. En la finca Santo Domingo, Sergi Riudavets había decidido dejar de labrar la tierra, apostar por bancales permanentes y alimentar el suelo con compost. Una lógica que, en lugar de exprimir la tierra, la regeneraba. Más vida microbiana, menos agua, menos hierbas, más producción. Recuerdo especialmente la idea de producir más en menos espacio sin forzar el sistema.
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