Diario de Noticias
Paso a menudo por delante de lo que fue la Sala de Cultura de la Caja de Ahorros de Navarra, dirigida por el pintor Xabier Morrás, tanto en Castillo de Maya como en el último tramo de Carlos III, y no puedo menos de acordarme de lo que esas dos salas significaron para los de mi generación al margen de una Pamplona mortecina en lo cultural. Fueron un oasis cultural. Todavía a finales de los sesenta, el canónigo Yzurdiaga (el cura azul de la falange, le llamo Foxá), censuraba las novedades que recibía la librería Gómez de la Plaza del Castillo. En una ocasión le birlé el Trópico de cáncer de Miller del montón que estaba seleccionando. Y hablando de librerías, hubo que esperar a la apertura de Andrómeda, en la calle Amaya, dirigida por Javier López de Muniain, para poder adquirir libros sin censura político religiosa. Allí se daban cita con sus inventos una peña de letraheridos que tenían su sede frente a la catedral: el Parnasillo pamplonés, germen de la futura librería el Parnasillo, hito ineludible de la Pamplona cultural de los años setenta y ochenta. “Desde que empecé, declaró en una ocasión Javier, si algo había en los años 70, era mangantes de libros”. También recuerdo con verdadero agrado la librería el Bibliófilo, de la familia Abarzuza, en Carlos III, junto a los Capuchinos, que tenía, detrás de un panel de las estanterías, un cuartito, secreto digamos, con una estimable oferta de libros prohibidos. En cuanto a artes, solo estaba la sala de exposiciones de la Caja de Ahorros Municipal en García Castañón, de alcance bastante limitado, por lo que a vanguardias se refiere. Menos mal que aparecieron los cines o películas de Arte y Ensayo.
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