ABC
Las reiteradas críticas del presidente estadounidense a la OTAN y sus amenazas de repliegue han abierto una etapa de incertidumbre en la seguridad occidental. A ello se han sumado declaraciones y gestos que exceden el mero debate sobre el reparto de cargas, como la insinuación de tomar Groenlandia por la fuerza o la descalificación de la propia Alianza como «un tigre de papel». Sin embargo, más allá de la gravedad de estas posiciones, la respuesta europea ha sido firme, sin caer en la ruptura: la OTAN sigue siendo considerada una pieza clave de la seguridad común, mientras se acelera el fortalecimiento de capacidades propias. No es la primera vez que el vínculo trasatlántico atraviesa tensiones, pero la actual crisis introduce un elemento cualitativamente distinto. Cuando el principal aliado cuestiona no solo los compromisos, sino los fundamentos mismos de la relación –incluida la integridad territorial de los socios–, el deterioro deja de ser coyuntural. La controversia sobre el uso de bases europeas para operaciones en Irán ha evidenciado, además, el valor estratégico que Europa sigue teniendo para la proyección militar de Estados Unidos, incluso cuando Washington actúa de forma unilateral. La negativa o restricción de varios países a implicarse en ese escenario ha marcado un límite coherente con la naturaleza defensiva de la Alianza. En este contexto, la Unión Europea ha optado por una vía de madurez estratégica. Lejos de plantear una alternativa a la OTAN, está construyendo un pilar propio que refuerce la arquitectura atlántica desde la responsabilidad y que no representa ninguna deslealtad hacia el vínculo histórico. La movilización de 150.000 millones de euros para compras conjuntas de armamento –una cifra que duplica el presupuesto militar alemán– y el impulso de una base industrial de defensa común reflejan un cambio estructural. A ello se suma la elaboración de mecanismos operativos que permitan actuar de forma autónoma en situaciones de crisis, superando una tradicional falta de coordinación. Esta evolución tiene implicaciones de fondo. Europa empieza a asumir que la seguridad no puede depender exclusivamente de la voluntad política de un aliado, por poderoso que sea. La autonomía estratégica no implica desvinculación, sino equilibrio. Permite sostener compromisos esenciales, como el apoyo a Ucrania, y evita que la OTAN sea instrumentalizada en conflictos ajenos a su razón de ser. El juicio debe ser, por tanto, equilibrado. Las tensiones actuales son serias y no deben minimizarse, porque afectan a la confianza mutua que sustenta la alianza. Pero tampoco justifican una ruptura, menos causada por un presidente que encontrará nuevas limitaciones en los meses que vienen, ni un repliegue europeo. Al contrario, refuerzan la necesidad de un reequilibrio que haga la relación más sólida, menos dependiente y más previsible. Europa hace bien en perseverar en este camino: reforzar su capacidad defensiva, afirmar su criterio estratégico y, al mismo tiempo, preservar el vínculo atlántico como eje indispensable de la seguridad occidental. Solo desde ese equilibrio podrá superarse una crisis que, siendo profunda, no tiene por qué ser definitiva.
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