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Desesperado

Ya hay voces en Estados Unidos que se preguntan si Donald Trump está también cayendo en la espiral de la demencia, ya que con la guerra contra Irán parece no dar pie con bola. Sus declaraciones erráticas tienen un único objetivo: calmar a los mercados, que ven como se dispara el precio del petróleo, fertilizantes, alimentos y medicamentos. Y esto es solo el principio. Lo que ocurre bajo la mesa no lo sabemos, probablemente haya algún tipo de negociación para intentar darle una salida airosa a este despropósito que ya ha roto demasiados equilibrios. La presencia estadounidense en el golfo Pérsico está en entredicho, después de que los militares hayan abandonado las bases ante la lluvia de misiles iraníes y las monarquías absolutistas de la zona hayan visto que el primo americano, en realidad, no estaba ahí para defenderles, sino para sacar tajada del lucrativo negocio energético. Que desde Washington se ordenen bombardeos sobre escuelas, hospitales e industrias farmacéuticas iraníes pone de manifiesto que no se pretende acabar, como dicen, con el potencial nuclear del régimen de Teherán, sino masacrar y hacer el mayor daño posible a civiles. Y aun así Irán no se rinde. No lo hará. A menos que, como Trump ha dicho en su última amenaza, el país «sea devuelto a la edad de piedra». Más allá de la fanfarronada, eso solo puede significar una cosa: bomba atómica. Ya no se andan con chiquitas. La paliza que los ayatolás le están dando al poderosísimo hegemón mundial pasará a los libros de historia y la salida no es fácil, salvo pactar las condiciones impuestas por la nación persa y salir de allí corriendo, dejando a Israel y a los países petroleros a su suerte. Veremos qué opción prefiere Trump.

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