Ultima Hora Mallorca
El término indica vuelta a la normalidad. Resucitar es regresar al punto en el que antes estábamos. Y el Domingo de Resurrección, en los términos de nuestra política habitual, implica un retorno a donde estábamos, fin de la interrupción por unos días en los que procuramos olvidarnos de todo el peso que nos agobiaba hasta la parada. Sabiendo siempre que el peso retornará, que siempre estaba ahí y que, como al dinosaurio de Monterroso, nos lo vamos a encontrar al despertar del sueño de las vacaciones. Así, este domingo significa el fin de la tregua. Sin querer entrar en metáforas religiosas, diré que a partir de este lunes retornan todos los viejos demonios familiares: los juicios, las tensiones, las precampañas y campañas electorales, los duelos políticos a primera sangre. Un cierto caos. Las procesiones, he descubierto, significan un bálsamo para las prisas: resulta emocionante ver a todo una ciudad volcarse en ‘sus’ procesiones, con mayor o menor fervor, que yo eso no sé medirlo, pero sí siempre con mucho entusiasmo. Nadie, sino como de refilón, me ha hablado de la situación política, nacional o internacional estos días; parecería que la gente, cansada, trata de abrir un paréntesis en toda regla en esta semana que ya termina, sabedora esta gente, nosotros, de que todo aquello que rechazábamos retornará con igual o mayor vigor. Pocas veces el regreso de unas vacaciones de Semana Santa ha estado alumbrado por tantos presagios: cambios en todos los órdenes y sentidos, incluyendo algunos que afectarán a la gobernación de la nación y tal vez a la mundial. En escasas ocasiones da la impresión de que el mundo esté preparado parta esos cambios: más bien parece estar acostumbrándose a ser regido por auténticos locos. Por eso quizá regresamos de los (pocos) días de asueto, como los penitentes procesionales: arrastrando los pies, sin ganas de encarar el futuro inmediato y, peor aún, sin que nadie parezca aquí ocuparse del medio y largo plazo.
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