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La Resurrección, un final feliz | Collector
La Resurrección, un final feliz
Diario CÓRDOBA

La Resurrección, un final feliz

La Semana Santa no termina en un sepulcro, ni las hermandades y cofradías cierran sus puertas tras la procesión del Resucitado. Todo lo contrario. En la noche de una humanidad golpeada y lacerada por el mal, se enciende un cirio que denominamos como «Cirio pascual», símbolo y presencia de Jesús resucitado. No es la muerte la que tiene la última palabra, sino Dios. Hay tanta muerte injusta, tanta enfermedad dolorosa, tanta vida sin sentido, que podríamos hundirnos en la desesperanza. La resurrección de Jesús nos recuerda que Dios existe y salva. Él nos hará conocer la vida plena que aquí no hemos conocido. Cada teólogo nos ofrece su mejor explicación, desde la orilla del asombro. José Luis Martín Descalzo nos hablaba con espléndidas metáforas de la resurrección: «La muerte y vuelta de Jesús no fue como la del sol que se pone en la tarde y regresa, idéntico, a la mañana siguiente. Lo que volvió el domingo fue un hombre-Dios multiplicado por sí mismo, ya vencedor inmortal, conquistador para todos de una «nueva vida». Si en Caná convirtió el agua en vino, en el sepulcro convirtió el agua clara de su vida en el vino vertiginoso de su salvación». Y Dietrich Bonhoeffer comentaba con radicalidad poética la resurrección: «No será el arte de hacer el amor, sino la resurrección lo que dará un nuevo viento que purifique el mundo actual. Porque el mundo no lo ha entendido aún, el mundo es triste. Y, lo que es más asombroso, por eso somos tristes los cristianos. Esta es, sin duda, la mayor de las paradojas de nuestro tiempo: ¿Cómo es posible que los herederos del gozo de la resurrección no lo lleven en sus rostros, en sus ojos? ¿Cómo es que, cuando celebran sus eucaristías, no salen de sus iglesias oleadas de alegría? ¿Cómo puede haber cristianos que dicen que se aburren de serlo? ¿Cómo hablan de que el Evangelio no les «sabe» a nada, que orar se les hace pesado, que aluden a su Dios como hablando de un viejo exigente cuyos caprichos les abruman?». Escalofriantes preguntas que deben abrirnos los ojos del alma y los oídos del corazón para encontrar enseguida las respuestas. Cuando hablamos de la resurrección de Cristo, hablamos de un «mundo de plenitudes infinitas». Jesús, al resucitar, no da un paso atrás, sino un paso adelante. No es que regrese a la vida de antes, es que entra en la vida total. No cruza hacia atrás el umbral de la muerte, sino que da un vertiginoso salto hacia delante, penetra en la eternidad, entra allí donde no hay tiempo. Su resurrección no aporta un «trozo» más a la vida humana, sino que descubre una nueva vida y con ello, «trastorna» nuestro sentido de la vida, al mostrarnos una que no está limitada por la muerte. Jesús entra, por su resurrección, en esta nueva vida con toda la plenitud de su ser, en cuerpo y alma, entero. Como ha escrito un poeta, al resucitar «todos creyeron que él había vuelto. Pero no era él, sino más. Era él, pero más él, era el definitivo». Esta es la gran apuesta que los cristianos nos jugamos en la resurrección de Cristo, si él no resucitó, somos los más desgraciados de los hombres, como dijo san Pablo. Por eso, hemos de recordar con fuerza que «Jesús está vivo, aquí y ahora». Camina con nosotros cada día, en la situación personal de cada uno, ante la prueba que estemos atravesando, en los sueños que llevamos dentro.

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