Cope Zaragoza
Cada Semana Santa, una esquina de la provincia de Teruel se transforma en epicentro de una de las tradiciones más sobrecogedoras y sonoras de España. El Bajo Aragón deja de ser solo un topónimo para convertirse en un territorio donde el sonido profundo y acompasado de miles de tambores y bombos adquiere un sentido que trasciende lo musical. No se trata de un simple ruido, sino de la expresión de una memoria colectiva y el verdadero pulso emocional de una celebración que se ha transmitido con fervor de generación en generación. Los orígenes de esta tradición se remontan a los siglos XV y XVI, un periodo en el que comenzaron a consolidarse las cofradías penitenciales y a tomar forma las procesiones de Semana Santa. En ese contexto de devoción, el tambor surgió como una poderosa alternativa simbólica a las campanas, que por liturgia debían permanecer en silencio durante los días de la Pasión de Cristo. El sonido grave y constante de los tambores llenaba ese vacío, pero con el tiempo, su papel dejó de ser secundario para ocupar el centro de la experiencia. La esencia de esta manifestación cultural no reside en la melodía, sino en la reiteración hipnótica de un ritmo que genera una vibración colectiva. Este pulso compartido conecta a toda la comunidad, desde los más mayores hasta los niños, en un acto que une a familias enteras. Fernando Galve, presidente de la Ruta del Tambor y el Bombo, lo describe como un acto de unión intergeneracional: "Personas mayores, padres, hijos, tíos, primos, amigos, con la misma túnica, unos con tambor, otros con bombo, unos con más destreza, otros con menos destreza, participando de algo que nos han transmitido nuestros abuelos, nuestros padres, y que para nosotros es la más arraigada tradición". La tradición se articula a través de la Ruta del Tambor y el Bombo, un itinerario que hermana a los nueve pueblos que la custodian: Albalate del Arzobispo, Alcañiz, Alcorisa, Andorra, Calanda, Híjar, La Puebla de Híjar, Samper de Calanda y Urrea de Gaén. Como explica Galve, esta ruta representa "más de medio siglo de convivencia, de hermanamiento en torno al tambor y al bombo". Aunque comparten un sentimiento común, cada localidad aporta sus propias particularidades. "Hay una forma de vivir y sentir la Semana Santa común a todos los pueblos", señala, pero matiza que "cada pueblo tiene un acto, tiene unos toques, tiene una tradición, que la hace que se convierta, a su vez, en una Semana Santa única y en una Semana Santa diferente". Este valor cultural ha recibido importantes reconocimientos a lo largo de los años. La ruta fue declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional en 1980 y ascendió a categoría Internacional en 2014. El reconocimiento definitivo llegó en 2018, cuando las tamboradas fueron incluidas en la lista de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO, blindando así su protección y legado para el futuro. El momento culminante y más esperado en estos nueve municipios es el acto de ‘Romper la hora’. Celebrado, según la tradición local, en la medianoche del Jueves Santo o al mediodía del Viernes Santo, este ritual simboliza el estruendo que siguió a la muerte de Cristo. Minutos antes, la plaza del pueblo se sume en un silencio expectante, denso y cargado de emoción. Miles de personas, vestidas con la misma túnica, aguardan una señal. De repente, el silencio se hace añicos y la plaza "se sume en el sonido más atronador posible". Es un estruendo tan intenso que estremece el cuerpo y el alma, una experiencia que, según sus protagonistas, "se escapa un poco de la razón" y que solo puede definirse con palabras como "pasión, devoción, tradición". El acto más universalmente conocido es la Rompida de la Hora de Calanda, inmortalizada por el cineasta Luis Buñuel, que se celebra a las 12 del mediodía del Viernes Santo. Para quienes participan, los instantes previos están llenos de una tensión casi indescriptible. "Siempre tienes ese cosquilleo, esa emoción, sobre todo los segundos previos", confiesa un participante. Es, además, un momento de profundo recuerdo personal: "Es una sensación muy difícil de explicar, hay un nerviosismo, hay un emoción, hay un por qué no decirlo, acordarte de los familiares que ya no están, porque ellos son los que te han metido en esta tradición". Tras horas de toque ininterrumpido, que en algunos lugares se prolongan durante casi un día entero, llega el proceso inverso: el final de los redobles. Este momento, que suele producirse el Sábado Santo, ha ganado protagonismo en los últimos años. Es un acto más íntimo, con menos visitantes y cámaras, protagonizado por los participantes locales. La emoción es diferente, teñida de una cierta melancolía. "Como que te resistes, ¿no?, a dejar de tocar, porque sabes que cuando dejes de tocar ya no lo harás hasta el año que viene", relata un tamborilero. El toque final se vive con una intensidad frenética, apurando los últimos redobles antes de que una señal decrete la vuelta al silencio. "Hemos pasado del silencio al estruendo, pues ahora pasamos del estruendo al silencio", resume un participante. Con esa parada súbita, se cierra un ciclo emocional que ha transitado de la quietud a la catarsis sonora y de vuelta a la calma. Porque, en definitiva, ‘Romper la hora’ y su final no son solo actos puntuales, sino una forma de sentir, de recordar y de proyectar hacia el futuro una herencia que, año tras año, sigue más viva que nunca en el corazón del Bajo Aragón.
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