Vanguardia
La tradición de la coneja se va imponiendo en nuestro medio y nuestros cuartos. El conejo no gustó –digo, su carne–, y vanos fueron los esfuerzos oficiales por impulsar su consumo entre la población, sobre todo del campo. El conejo, cantaba la propaganda oficialista, es sabroso, es nutritivo, es sano y es barato. Su piel se puede usar para hacer cuellos de abrigo o aplicaciones en suéteres de mujer. En vano; en vano todo. A la gente no le pasó el conejo. Todos le encontraban parecido con un gato; decían que su carne era insípida y muy seca.
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