ABC
Abraham Maslow, en su obra 'Una teoría sobre la motivación humana', formuló una jerarquía de las necesidades humanas, defendiendo que conforme se satisfacen las necesidades básicas, en la parte baja de la pirámide, los seres humanos desarrollamos necesidades y deseos más elevados, hacia la cúspide de la pirámide. En la pirámide de Maslow , la seguridad se configura como la segunda necesidad más básica, tras las fisiológicas. El seguro nace de la fragilidad humana, de nuestros temores, y de la necesidad de sentirnos protegidos, una vez satisfechos nuestros instintos más básicos. Esta circunstancia es una muestra de cómo el ser humano ha buscado protegerse a lo largo de la historia. El seguro es una figura tan antigua como lo es el comercio, lo que nos retrotrae en el tiempo no menos de cinco milenios. Forma parte del progreso económico y social de la humanidad, que ha buscado siempre, al menos desde sus inicios como sociedad organizada, seguridad para lograr su bienestar. No podemos concebir un mundo sin seguros. En la edad antigua, las civilizaciones griegas, romanas y babilónicas ya disponían de formas primitivas de protección, buscando salvaguardar sus intereses personales y comunitarios. En Babilonia, algunos milenios antes de Cristo, los mercaderes crearon una forma de compartir la pérdida de mercancías que cualquiera de ellos pudiera tener durante su transporte. El Código de Hammurabi, un histórico código legislativo dos mil años antes de Cristo, recogía un sistema de préstamo en el que el acreedor asumía el riesgo de fracaso de la expedición comercial, debiendo el prestatario devolver el préstamo, con sus intereses, cuando llegase a su destino. Se denominó préstamo a la gruesa ventura. Desde entonces, la sociedad ha ido creando soluciones aseguradoras para responder a los retos y a las necesidades que iban surgiendo. Los primeros seguros marítimos surgieron en la Edad Media como respuesta a los actos de piratería o a los naufragios en las grandes rutas marítimas, que recuperan protagonismo en el XVIII, y los seguros de incendios tras el desolador incendio de Londres en el XVII. En ese mismo siglo, la expansión colonial, el desarrollo mercantil y la búsqueda de la hegemonía naval por las potencias militares y económicas europeas, contribuyeron a que el comercio marítimo emergiese. Surgieron entonces mayores necesidades de información geopolítica, marítima, climatológica y, también, por cómo protegerse ante esos riesgos. Ahí apareció una figura desconocida fuera de la industria del seguro, Edward Lloyd. Era un tabernero que tenía un local en la zona portuaria de Londres, que se convirtió en el foro en el que se compartían información y experiencias de sus travesías a lo largo de los océanos que empezaban a dominarse desde el otrora imperio británico. Este local se convirtió en un lugar de encuentro para los 'underwriters', profesionales que suscribían o tomaban el riesgo para una entidad aseguradora marítima. En el siglo XVIII a dos pastores presbiterianos escoceses se les ocurrió crear un fondo de seguro de vida para proteger a las viudas y huérfanos de los pastores fallecidos, sobre la base de las primeras tablas de mortalidad que elaboró Edmund Halley, un genio de la ciencia que lo mismo calculaba la órbita de un cometa como construía una tabla de mortalidad, que dicen cuánta gente y de qué edades se morirán cada año. Incluso los gobiernos empezaron a buscar protección para los ciudadanos. La encíclica 'Rerum novarum', promulgada por León XIII, reclamaba a las autoridades el deber de proteger los derechos de los desfavorecidos y las condiciones laborales y humanas de los trabajadores. Coincidiendo con este acontecimiento, en los años del turnismo entre liberales y conservadores, en España se instauró la primera legislación social proteccionista, con leyes como la de accidentes de trabajo, la creación del Instituto Nacional de Previsión, o la ley de retiro obrero. Era un ámbito de protección aseguradora, en definitiva, pero de promoción pública, que se encomendó a la protección y al patronazgo de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Gracias a la ciencia actuarial la promesa del seguro se convierte en una garantía creíble, en una capa de protección solvente y certera, adecuada a los riesgos que se toman, a la gestión prudente de las entidades, a la protección del asegurado, y, sobre todo, garantiza el necesario principio de mutualización, que es la esencia del seguro. ¿Podríamos vivir en un mundo sin seguros? La respuesta es no. Porque donde no llega el Estado, llega el seguro. En España tenemos capitales asegurados por valor de más de 18 billones de euros, lo que equivale a más de doce veces nuestro PIB. Más de doce millones de personas tienen un seguro de salud, que alivia las listas de espera y libera recursos de la sanidad pública. Cerca de veintidós millones de personas protegen a sus familias en caso de fallecimiento prematuro con seguros de vida riesgo. Y más de veintidós millones tienen asegurado su sepelio, eximiendo a las familias del coste de esta tragedia, no siempre esperada. Tenemos también grandes instituciones del seguro, como el Consorcio de Compensación de Seguros, un instrumento al servicio de los asegurados, que da cobertura ante eventos extraordinarios, como la dana de Valencia , el terremoto de Lorca o el volcán de la isla de La Palma, a las personas aseguradas, que es un ejemplo de buena práctica envidiado en todo el mundo. Porque en un mundo sin seguros faltaría la necesaria inversión en deuda pública y en deuda corporativa, privando del multiplicador económico que suponen todos esos recursos disponibles en los mercados financieros, cuya inversión es a largo plazo. Más de 350.000 millones de euros gestionados por entidades aseguradoras y más de 180.000 millones de euros por instrumentos de previsión social complementaria. Y podríamos hablar de todo el empleo que genera, con distintos niveles de cualificación, y gran estabilidad y retribuciones. Sin embargo, aún queda mucho por hacer para mejorar la protección y la tranquilidad del bienestar de la población, reduciendo la brecha de protección aseguradora, y reforzando la mutualización, piedra angular sobre la que se edifica el seguro. Si mientras está leyendo esta Tercera, sentado en lo alto de la pirámide de Maslow, está degustando su primer café de la mañana, piense que ese producto pudo llegar a Europa, entre otros factores, gracias al seguro. ¿Podríamos vivir en un mundo sin seguros?
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