Ultima Hora Mallorca
Santiago Segura demostró en una entrevista una notoria desconexión con la realidad social. Afirmar que las personas trans nunca han tenido problemas en España hasta ahora, por culpa de las recientes leyes, es ignorar décadas de discriminación, violencia y marginación. Han sufrido continuas agresiones físicas, humillaciones y vejaciones y exclusión laboral en contextos donde solamente existir suponía un grave riesgo. Negarlo es una cobardía y no una simple opinión. Ha habido algunos avances pero no la desaparición de la violencia. Las agresiones se siguen produciendo. Hace unos días, una mujer trans fue golpeada brutalmente en los aseos de un local de ocio nocturno. Eso de pasar la pelota a las leyes actuales altera peligrosamente la verdad. La ley trata de proteger, no hay más, es una respuesta y no el origen. La posterior disculpa de Segura es un gesto que puede pasar por positivo pero insuficiente a todas luces. Decir de uno mismo que es imperfecto es un paso, pero no diluye la responsabilidad de lo dicho. La empatía es una obligación para quien pretende retratar la sociedad a través de la pantalla. Cabe preguntarse hasta qué punto su discurso está influido por el personaje que interpreta y tanta fama le ha dado. Ese humor basado en el machismo y el racismo que tan bien le ha funcionado comercialmente. Pero ese éxito masivo tal vez ha difuminado la línea entre la sátira y la convicción personal. Ese registro nunca debe saltar de la ficción a la prensa sin filtro ya que minimizar la realidad de este colectivo es una manera de prolongar el problema. La libertad de expresión no sirve de excusa para la desinformación, más si eres una figura pública que llenas salas de cine. La ejemplaridad no reside en pedir disculpas sino comprender uno mismo por qué sus palabras fueron tan perjudiciales y dañinas. Desde ese reconocimiento se puede aspirar a no repetirlas. Algo que no resulta tan sencillo.
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