Diario CÓRDOBA
Vivimos en una época en la que opinar se ha convertido casi en una obligación. Todo exige una respuesta: política, sociedad, cultura, cualquier suceso del día... Pero hay una pregunta incómoda que rara vez nos hacemos: ¿son realmente nuestras las opiniones que defendemos con tanta seguridad? En realidad la mayoría son como olas: llegan desde fuera, nos empujan y nos incorporamos a ellas sin casi cuestionar. Admitámoslo: pensar cansa. Y es más sencillo elegir entre las opciones que nos muestran. En ese momento no somos conscientes que entramos en el juego de las corrientes emocionales creadas por otros. Una opinión debería ser un juicio personal, resultado de reflexión y experiencia. Sin embargo, hoy muy pocas opiniones tienen ese origen. Muchas responden a una necesidad humana más antigua que la tecnología: pertenecer a la ola, al grupo de donde viene la opinión. Esto es ser de una tribu.
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