Cope Zaragoza
Hay películas que, además de entretener, reescriben el pasado en la mente de millones de espectadores. Obras de Hollywood que instalan una versión ficticia de la historia sobre cómo era la Edad Media, cómo luchaban los romanos o cómo hablaban los piratas. Para separar el grano de la paja, el experto Guillermo Díaz, del programa 'La enciclopedia oculta', analiza algunos de los mitos más extendidos para ofrecer una visión con "menos filtro y más mala leche". Uno de los mitos más morbosos es el del derecho de pernada, popularizado por películas como 'Braveheart', que sostenía que el señor feudal podía acostarse con la novia en su noche de bodas. Guillermo Díaz es tajante: "Es mentira, es falso. El derecho de pernada es un mito, casi con total seguridad". Su origen, explica, se encuentra en panfletos para desprestigiar a nobles y en la necesidad de la Ilustración de pintar la Edad Media como una época oscura para resaltar el presente como un progreso. También fue usado por movimientos anticlericales y antifeudales. Sin embargo, sí existía una base real de abuso. Un señor feudal controlaba la vida de sus siervos, cobrando por casarse, usar el molino o heredar. Y, sobre todo, la violencia sexual era una realidad cotidiana y sin consecuencias para el poderoso. "No era un derecho con sello y firma, pero era un mundo donde el poderoso podía arrasar con todo si nadie lo paraba, también con la integridad sexual de las mujeres", aclara Díaz. La violación de una campesina por parte de un noble era algo habitual. Otra imagen recurrente, como en 'Juego de Tronos', es la de una Edad Media llena de barro, con gente sucia y de dientes podridos. Si bien la vida rural era dura, con calles sin asfaltar y condiciones insalubres que propagaban enfermedades como la peste a través de las pulgas de las ratas, la idea de que "nadie se lavaba jamás" es una exageración. Existían baños públicos en muchas ciudades, se usaba jabón y peines. Curiosamente, había menos caries que hoy al no consumirse azúcar refinado. La imagen de los vikingos con cascos con cuernos es una de las falsedades más asentadas. Díaz señala lo poco práctico que sería en una batalla y atribuye su origen a la propaganda eclesiástica, que los asociaba con el diablo por saquear monasterios. Ser vikingo no era una raza, sino una "actitud" de ciertos pueblos escandinavos que se dedicaban a explorar, comerciar y, cuando las cosechas fallaban, saquear. Lejos de ser bárbaros incultos, fundaron Normandía "la tierra de los hombres del norte", dieron su nombre a Rusia y llegaron a ser la guardia personal del emperador de Bizancio. En cuanto a la Inquisición, el cine la ha pintado como un "parque temático de torturas", como en 'El nombre de la rosa'. Si bien fue un órgano de represión religiosa y una "oficina del miedo", su realidad es más compleja. Díaz afirma que la leyenda negra ha exagerado su brutalidad. "En un solo año, la Alemania calvinista y los seguidores de Lutero quemaron más brujas que toda la Inquisición española en su historia", subraya. No todos los procesos acababan en ejecución; había penitencias, confiscaciones y, a veces, el proceso inquisitorial ofrecía más garantías que la justicia civil. El cine reciente, con la película 'Napoleón', ha reavivado el mito de que era un hombre bajito y acomplejado. La realidad es que medía 1,68 metros, una estatura media para su época. La caricatura del "enano" fue obra de la propaganda británica para ridiculizar a su enemigo. A esto contribuyó la confusión entre las unidades de medida y el hecho de que su Guardia Imperial estaba compuesta por hombres muy altos, lo que le hacía parecer más bajo en comparación. Finalmente, el universo de los piratas está lleno de tópicos popularizados por la literatura y el cine, como el loro al hombro o los mapas de tesoros enterrados con una X. Esto último es una invención de Robert Louis Stevenson para su novela 'La isla del tesoro'. La realidad era que los piratas gastaban el botín rápidamente. Lo que sí es cierto es que tenían códigos internos muy estrictos, casi constituciones, que regulaban el reparto del botín y las compensaciones por heridas, manteniendo la disciplina en el barco. Para disfrutar del cine histórico sin ser engañado, el experto recomienda sospechar de las escenas demasiado perfectas, distinguir la ambientación de los hechos y hacer una comprobación mínima de datos al salir de la sala. Al fin y al cabo, concluye, "la película es una puerta de entrada, no un certificado de estudios".
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