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Alivio

Qué aliviada me siento al comprobar que he sobrevivido un año más a la Semana Santa, para mí la peor semana del año. Mucha gente se queja de que no soporta la Navidad y te dice, el mismísimo 24 de diciembre, que le gustaría dormirse y despertarse el 7 de enero. En cambio, no se suele verbalizar que la Pascua sea algo tan horrible. Yo no lo entiendo. Mi aversión a la Semana Santa se remonta ya a mi infancia, cuando me llevaban a ver las procesiones desde el balcón de casa de mi abuela. Jamás he visto algo más deprimente. Yo, la verdad, la única procesión que aguanto es la que va por dentro, y porque no tengo más remedio que aguantarla con dignidad. De la Pascua no me gusta nada: ni las panades, ni los confits, ni las películas pascuales (exceptuando Ben Hur, mi única tradición de cada jueves santo). De las procesiones, como iba diciendo, mejor no hablar. La música me da grima, los que van descalzos arrastrando cadenas me asustan, y los que cantan saetas, mejor no digo lo que me provocan… Y alguien podría decirme: ¿y por qué no te vas lejos, donde no se celebre? Pues muy fácil, porque yo de escapadas no soy. Nunca me iría a ningún sitio simplemente para escaparme. Pues por mucho que te escapes, la procesión que va por dentro te sigue a todas partes; no estás seguro ni en la luna. Supongo que lo sabrán de sobra los astronautas del Artemis II. En fin, que a mí no me gusta escapar de nada (y así me va). Después está lo de desconectar. Tampoco me vale: los que nos dedicamos a escribir no podemos desconectar nunca. Es más, ¡ay si desconectas! Tal vez podrías sucumbir a la locura (según palabras de Bukowski). Todas estas reflexiones no son en absoluto una novedad. Llevo toda la vida soportando la Semana Santa. Puede que literariamente tenga su belleza, no lo negaré. Pero hace falta algo más. No me pregunten qué.

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