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La semana grande de la corrupción | Collector
La semana grande de la corrupción
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La semana grande de la corrupción

Después de la semana santa, llega la semana grande de la corrupción, donde los pasos acaban en los tribunales, y todos contentos. Como dice Ignacio Camacho, el PP y el PSOE celebran la feliz coincidencia de los juicios de la Kitchen y el caso Mascarillas, porque justifican el y tú más, un juego sucio y muy español que siempre acaba en empate, y que impide cualquier debate serio sobre la depuración de responsabilidades (la política no es una fiesta del lenguaje: es un after, y la resaca de después). Mientras duren los juicios y el jaleo mediático, la población podrá disfrutar del espectáculo del barro. Podrá recordar, por ejemplo, que un falso cura apareció en casa de los Bárcenas para llevarse unos pendrives a punta de pistola, como rememoró Alsina este lunes, o trazar el mapa de la vida cañón de Ábalos y Koldo, esos días de jet privado y yates y hoteles de cinco estrellas en destinos como Venecia, Punta Cana, París, Guinea Ecuatorial, Camerún, Colombia y Tailandia, según la información de 'El Español'. O escuchar a Villarejo en La 1 rebautizando a Javier Ruiz como Javierito, «con lo buenos amigos que hemos sido en el pasado», y a este desmintiéndole en directo: «Usted y yo ni nos conocemos». Todo es pringoso y cutre, como solo puede serlo la corrupción, aún presunta: no sabemos qué fue antes, si la ética o la estética, pero sí que ambas se desparraman a la vez por la misma ladera, aceitada con una jerga de chistorra y manteca y otras grasas saturadas. El juego sucio es entretenido y da para meme, la unidad básica de la conversación en nuestros días. Lo importante es que una vez que eres meme ya no vuelves a ser del todo persona, pero tampoco criminal odiable, y así, chiste a chiste, anécdota a anécdota, se va limando la gravedad del asunto y los protagonistas van pasando a formar parte del folclore nacional, y el folclore, como la tradición, se da por sentado. Al folclore no se le escriben 'papers', sino operetas, aunque se estrenen en el cine. Ay, nuestros Torrentes… Antes de la opereta, sin embargo, toca asistir a la pelea en el barro, complicadísima de observar sin que te salpique; de hecho, el objetivo es chapotear tanto que todo sea indistinguible, una gran mancha, una gran bronca. Hay algo triste en que este ruido asalte hasta la última sobremesa de España, un país donde lo que no es cabreo es desidia. Y así.

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