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Roland Barthes arrasando en TikTok: cómo los ensayos sobre el amor han conquistado la era digital | Collector
Roland Barthes arrasando en TikTok: cómo los ensayos sobre el amor han conquistado la era digital
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Roland Barthes arrasando en TikTok: cómo los ensayos sobre el amor han conquistado la era digital

Paola Andrea Gaviria Silguero, más conocida como Powerpaola, preguntó durante un tiempo a sus amigos y amigas qué era para ellos el amor y dibujó las respuestas junto a un pequeño retrato suyo. Quiso condensar esas reflexiones en una sola frase que capturara el sentido de toda la conversación: Ana Laura Pérez, el 23 de abril de 2025, dijo que el amor «es la única posibilidad perfecta que tenemos como especie»; el 26 de julio, Facundo lo definió como «una amistad»; Margarita Lozano lo describió como «una fuerza magnética que busca conexión»; una idea que dialoga con la definición de Gabriela Cabezón Cámara, también retratada: «una conexión y, a la vez, un tejido que de alguna manera te coloca en un lugar más grande y luminoso». 'El amor dibujado por Powerpaola' (Siglo XXI Editores) es tan solo un ejemplo de cómo el amor ha resurgido como objeto de estudio. En las últimas décadas, este ha dejado de ser únicamente un asunto íntimo o literario para convertirse también en un objeto de estudio obsesivo. Filósofos, sociólogos, psicólogos y escritores han vuelto a mirarlo con la misma atención con la que antes se analizaban las ideologías o las estructuras del poder. Como si, tras décadas de diseccionar el mundo y tratar de entender cómo funcionan nuestras políticas, hubiéramos decidido volver a estudiar aquello que nos atraviesa. Esta fascinación, sin embargo, no es nueva. En 1977, Roland Barthes publicó 'Fragmentos de un discurso amoroso' (Siglo XXI Editores), un libro extraño para su tiempo: no era ni una novela ni un tratado; su definición más certera es la de «un diccionario emocional del enamorado», pues Barthes no intentaba explicar el amor, sino escuchar cómo habla quien ama. El libro estaba construido como una constelación de escenas, gestos y pensamientos que forman el lenguaje secreto del amante. Para Barthes, el discurso amoroso vivía en una paradoja: lo pronunciaban miles de personas, pero nadie parecía tomárselo en serio: «El discurso amoroso es hoy de una extrema soledad», escribió, señalando que la cultura moderna lo ignoraba o lo ridiculizaba. La apuesta era, en cierto modo, subversiva. Mientras la teoría crítica de los setenta analizaba estructuras, ideologías y sistemas, Barthes decidió estudiar algo aparentemente menor: la vulnerabilidad que nos deja el amor. Lo hizo, además, sin jerarquías entre disciplinas, pues en 'Fragmentos' conviven la filosofía, la literatura, la semiótica y la experiencia íntima. El libro convirtió el enamoramiento en un archivo de signos que, casi medio siglo después, ese archivo ha vuelto a abrirse; pero esta vez no en seminarios universitarios, sino en TikTok, en Instagram y en los pódcasts de, sobre todo, la Generación Z. Frases de Barthes circulan hoy como pequeñas cápsulas emocionales: capturas de páginas subrayadas, vídeos que enumeran «las figuras del enamorado», hilos que intentan descifrar por qué la espera o los celos siguen siendo experiencias universales. Este interés no se limita ya a la circulación de citas: ha inspirado un renovado entusiasmo por explorar el amor como objeto de estudio, y ese impulso se refleja tanto en nuevos ensayos como en la recuperación de textos clásicos que piensan las relaciones desde perspectivas inesperadas. Uno de los ejemplos más recientes es 'Los requisitos del amor' (Gatopardo), del filósofo británico John Armstrong, que hace algo parecido a lo que Barthes había ensayado décadas antes: rastrear el amor en los textos. Recurre a la literatura –a Goethe, Stendhal o Tolstói – para explorar cómo se ha imaginado el amor a lo largo del tiempo y qué expectativas hemos construido alrededor de él. La premisa es sencilla y, al mismo tiempo, ambiciosa: si el amor sigue siendo una de las experiencias humanas más intensas, quizá la literatura sea el mejor lugar para estudiar sus contradicciones. Para Lucas Villavecchia, editor del libro en Gatopardo, este interés creciente por los ensayos sobre relaciones afectivas no es una casualidad editorial. «En los últimos años parece haber un interés renovado por los ensayos sobre el amor, el cuidado o las relaciones románticas», explica. Ese cambio, cuenta, lo percibió por primera vez con otro libro del catálogo: 'Vidas paralelas. Cinco matrimonios victorianos', de la ensayista estadounidense Phyllis Rose, un clásico de los años setenta que la editorial recuperó recientemente. «De repente la gente ve que quizá en épocas pasadas los dilemas amorosos no estaban tan lejos de los que nos encontramos hoy», señala Villavecchia. El ensayo de Rose habla del matrimonio como institución, de las relaciones de poder dentro de la pareja o de los arreglos sentimentales que intentaban escapar a las normas sociales. «Al leerlo ves que los problemas que a nosotros nos parecen tan recientes –desde el matrimonio abierto hasta el poliamor– ya estaban ahí de alguna manera». Villavecchia cuenta que encontró el libro en una librería de Londres, en una nueva edición que lo presentaba casi como una novedad. «Lo habían rescatado porque habían visto que el tema volvía a estar vigente», explica. Al leerlo, encontró una perspectiva que hoy muchos lectores parecen buscar: la posibilidad de pensar el amor desde un marco más amplio que el de la experiencia inmediata. Pero no todos los intentos por comprender el amor parten de la literatura o de la filosofía. En paralelo a esta tradición ensayística, la ciencia también ha tratado de responder a una pregunta aparentemente simple: qué ocurre en el cerebro cuando nos enamoramos. El científico Miguel Pita aborda esa cuestión en 'El cerebro enamorado', un libro que se aproxima al fenómeno desde la biología y la neurociencia. Para Pita, su interés por el tema no responde necesariamente a una moda cultural reciente. «Desde la perspectiva desde la que yo abordo el enamoramiento no se escribe tanto, porque es desde la ciencia», explica. Esa información procede de décadas de investigación científica sobre el enamoramiento, un campo que, aunque menos visible en el debate cultural, ha avanzado de forma notable en los últimos años. «Sabemos muchísimo», afirma Pita. «Entendemos qué cambios hay en las distintas zonas del cerebro y en las neuronas cuando empezamos a obsesionarnos con una persona o cuando empezamos a disfrutar con esa persona». La ciencia también empieza a comprender mejor los procesos biológicos del desamor. «Ahora sabemos algo de los mecanismos que hay de sufrimiento cuando no somos correspondidos o cuando nos dejan», añade. Aun así, Pita cree que la proliferación de libros sobre relaciones puede responder a otro fenómeno cultural más amplio. «Vivimos en el momento de mayor individualismo progresivo de los últimos siglos», señala. Ese cambio social, sugiere, puede generar nuevas formas de incertidumbre afectiva y de sufrimiento que empujan a las personas a buscar explicaciones. «Si hablamos de que en el amor hay un interés en proteger el bienestar de la otra persona, seguramente no nos estaríamos equivocando», explica. «Pero si intentamos darle una definición más espiritual, entramos en un terreno de especulación donde todavía no hay un aval científico claro». Eso no significa que el amor permanezca idéntico a lo largo de la historia. Las condiciones sociales sí transforman la forma en que nos encontramos, nos elegimos o nos relacionamos. «Puede cambiar el tipo de persona de la que nos enamoramos o el mecanismo a través del cual nos enamoramos», explica el científico, pero el proceso fisiológico subyacente permanece intacto: «Todo el mundo se ha enamorado en la Edad de Piedra, en la Edad Media y ahora de formas muy distintas, pero lo que ocurría dentro del cerebro es exactamente lo mismo». Para el filósofo Javier Correa, «el renovado interés en el cuidado viene un poco dado por el sistema que todo el rato nos incita a poner el yo en el centro», un reflejo de cómo el neoliberalismo convierte el autocuidado en un acto individual más que colectivo, coincidiendo con Pita. Por otro lado, explica que su generación –las hijas de la llamada «generación del divorcio»– ha heredado una preocupación constante por las formas de vincularse, desde la desconfianza hacia el matrimonio hasta la exploración de no monogamias y formas alternativas de relación. Correa distingue entre la literatura del cuidado y la literatura del amor: mientras la primera se politiza a través de economías feministas y redes comunitarias, la segunda refleja preguntas sobre cómo vincularnos, cómo desear y cómo mantener relaciones en contextos sociales y económicos cada vez más complejos. «Junto con la explosión de politización de muchas compañeras en el 15M, las mareas, las marchas, hasta las movilizaciones feministas de cuidados, hubo progresivamente una preocupación y un rescate de textos sobre formas alternativas a la familia», señala. Además, el filósofo advierte sobre un fenómeno reciente: la psicologización del amor. Muchos ensayos actuales tratan las relaciones como gestión de emociones y necesidades, despolitizando la cuestión y reduciendo las preguntas sobre formas de vincularse a la resolución de conflictos individuales. Según Correa, «muchos libros y manuales sobre amor se acercan más a la gestión de afectos que a la construcción de mundos posibles de relaciones». Para él, escribir sobre el amor hoy plantea desafíos específicos: el riesgo de normalizar lo hetero, la necesidad de separar teoría y práctica, y la dificultad de proponer alternativas radicales en un marco social y familiar todavía muy tradicional. «Nuestra apuesta fue siempre pensar que no hay práctica sin teoría ni teoría sin práctica: a medida que uno va ensayando cosas, genera la teoría que le permite entender lo que va pasando», explica. Este renovado empeño por diseccionar el amor –ya sea mediante el escaneo de un lóbulo cerebral o el análisis de un hilo en TikTok– revela menos sobre el sentimiento en sí que sobre nuestra propia orfandad. Si hoy volvemos a Barthes con la urgencia de quien consulta un manual de supervivencia, es porque habitamos un presente que ha convertido la vulnerabilidad en una anomalía del sistema. Estamos ante una paradoja fascinante: mientras la neurociencia nos asegura que el andamiaje químico del deseo es el mismo que sostenía a los humanos en las cavernas, nuestra arquitectura social nunca ha sido tan hostil hacia su ejecución. En nuestra sociedad, cada vez más diseñada para la optimización del yo y la gestión eficiente del tiempo, el amor aparece como el último reducto de lo ineficiente, de lo que no se puede apresurar ni «monetizar».

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