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Llega un momento en la vida de cualquier periodista deportivo que el único con más edad que él dentro del club es el dueño del equipo. No tiene mérito personal, solo hace falta suerte a paladas para seguir ejerciendo el oficio. A menudo, los entrenadores lo desdeñan, o se olvidan, o simplemente no lo piensan. Y se sientan en las salas de prensa sin caer en la cuenta de que no son únicos, que no son los primeros que lo hacen, que antes que a ellos, quienes en ese momento tiene enfrente, han visto en esa silla a muchos, a demasiados, tal vez... con todo lo negativo que eso conlleva para la salud de una entidad futbolística.
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