ABC
El caso de Marius Borg Høiby sigue generando una enorme expectación mediática en Noruega. A la espera de sentencia tras un juicio marcado por la gravedad de los cargos, su día a día transcurre ahora entre los muros de la prisión de Oslo. Desde el pasado 19 de marzo, cuando el proceso judicial quedó visto para sentencia, el hijo de la Princesa Mette-Marit permanece en prisión preventiva por su «alta posibilidad de reincidencia». Una decisión que lo mantiene en un régimen de alta seguridad mientras se resuelve su futuro judicial. En este contexto, han trascendido los detalles de cómo es realmente su vida en el interior: una rutina marcada por la disciplina, pero también por un modelo penitenciario que apuesta por la reinserción. Lejos de la imagen más dura que suele asociarse a las cárceles, el sistema noruego funciona bajo el llamado «principio de normalidad»: hacer que la vida dentro se parezca, en la medida de lo posible, a la del exterior. En ese marco, Marius Borg reside en una celda sencilla pero funcional. Cuenta con cama, escritorio, estantería, televisión e incluso un pequeño frigorífico. Un espacio básico, pero diseñado para mantener cierta rutina y autonomía dentro de la privación de libertad. Nada más ingresar, recibió el llamado «pack de bienvenida»: una bolsa con ropa interior, sábanas, toallas, productos de higiene, material de escritura y sobres. A esto se suman algunos objetos personales permitidos, como libros, fotografías sin marco o incluso instrumentos musicales. Además, puede disponer de una cantidad limitada de ropa, un reproductor de CD y hasta 20 discos originales, lo que permite mantener cierto contacto con su vida anterior. Más allá de la celda, la vida en prisión se estructura en torno a actividades. Y en este caso, el trabajo juega un papel clave. Uno de los programas más destacados es el de carpintería, donde los internos fabrican muebles y objetos que incluso se comercializan fuera. Una iniciativa que no solo ocupa el tiempo, sino que también busca dotar de habilidades profesionales de cara a la reinserción. También existen otras opciones laborales dentro del centro, como la lavandería, la limpieza, la biblioteca o la tienda interna. Trabajos que permiten generar pequeños ingresos y mantener una rutina estructurada. A esto se suman espacios comunes como gimnasio o biblioteca, pensados para fomentar tanto el bienestar físico como mental. En paralelo, el centro desarrolla incluso proyectos piloto relacionados con la salud, incluyendo programas de educación sexual. Uno de los aspectos más importantes en su día a día es el contacto con su entorno más cercano. Marius Borg puede recibir hasta dos visitas por semana, con un máximo de tres adultos por encuentro. Las visitas deben solicitarse con antelación y se desarrollan en espacios habilitados donde no está permitido introducir comida, tabaco ni regalos. Solo se aceptan periódicos, revistas o fotografías sin marco. Durante estos encuentros, los visitantes deben dejar sus pertenencias en taquillas antes de acceder a una sala común equipada incluso con una pequeña cocina para preparar café o té. Además, el interno puede recibir dinero a través de una cuenta, lo que le permite comprar en la tienda de la prisión o acceder a determinados servicios. También tiene la posibilidad de realizar llamadas telefónicas, aunque limitadas a 20 minutos semanales. Mientras tanto, sus padres, el Príncipe heredero Haakon de Noruega y Mette-Marit, han sido vistos en varias ocasiones acudiendo a visitarlo, en una cárcel situada a menos de media hora de su residencia oficial. El futuro de Marius Borg sigue en el aire. La Fiscalía ha solicitado una pena de hasta siete años y siete meses de prisión, mientras que la defensa busca rebajarla a cinco años en caso de condena. Una decisión que se espera para junio y que pondrá fin a uno de los procesos judiciales más mediáticos del país, no solo por la gravedad de los cargos —38 en total, varios de ellos de carácter sexual— sino por su vínculo directo con la Familia Real noruega. Hasta entonces, su vida continúa entre rutinas, visitas contadas y un sistema penitenciario que, incluso en los casos más mediáticos, mantiene su apuesta por la reinserción.
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