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Fue a la altura del tardofelipismo, fase de derribo ético que para Juanma Moreno y el resto de agradaores del PP no es materia de examen de Memoria Democrática, cuando Isabel Preysler y Miguel Boyer abrieron al gran público las puertas de Villa Meona, «una casa grande, pero a la vez recogida», en palabras de su incontinente moradora. La mansión tenía más de 1.300 metros cuadrados y trece cuartos de baño, motivo de mofa y befa para el populacho y de escarnio para un socialismo ya desfigurado y que, como el sindicalista a la gamba, se había aficionado a la lubina, entonces salvajísima, hasta componer su dieta de subsistencia. Una simple regla de tres es suficiente, sin embargo, para desmontar... Ver Más
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