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Dicen que todo lo bueno se acaba, pero hay finales que, más que un punto y aparte, son un auténtico golpe bajo. Para los que hacemos y vivimos la Semana Santa —con mayúsculas, con devoción y, por qué no decirlo, con cierta épica doméstica—, la semana posterior, esta en la que nos encontramos, esa que llega sigilosa tras la llamada Semana Grande, no es una semana cualquiera. Es, sin rodeos, una de las peores del calendario. Un pequeño desierto emocional. Un lunes eterno. Un «¿y ahora qué?», vamos, por decirlo claro: ¡un asco de semana!
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