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Cómo remediar un desastre nuclear a base de chuletas
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Cómo remediar un desastre nuclear a base de chuletas

Jo Takasaki se retira el sudor de la frente con un paño sin dejar de sonreír. A nadie podría extrañar su agotamiento: está inmerso en la tarea, hercúlea, de revivir una comunidad entera. La transpiración responde tanto al esfuerzo como al calor, pues persigue su cometido frente al fuego, dando vuelta y vuelta a unas chuletas que alimentarán a la veintena de personas congregadas en Futaba. Este pequeño pueblo japonés es uno de los más próximos a la central nuclear de Fukushima , apenas a cuatro kilómetros de distancia. También uno de los más afectados por la triple catástrofe acaecida el 11 de marzo de 2011: un terremoto, un tsunami y un desastre nuclear. Futaba fue evacuado al día siguiente y desde entonces se convirtió en un lugar fantasma. Al menos hasta que las chuletas de Takasaki, crepitando en la sartén, surtan efecto. Han transcurrido quince años, pero todavía recuerda cada detalle del restaurante que sus padres regentaban en la localidad, un mesón al que dedicaron toda su vida y que en aquella funesta fecha tuvieron que dejar atrás. La familia se asentó en Tokio y, con el tiempo, Takasaki acabó abriendo su propio local, Takasaki no Okan, hoy convertido en una de las «izakayas» de moda en el afamado barrio de Shibuya. Allí sirve un menú «omakase» –degustación– de sushi con maridaje de sake caliente; deleite reservado a unos pocos afortunados, eso sí, pues siempre está lleno. Takasaki, no obstante, se muestra impasible ante el éxito. Para él, su popularidad en la capital japonesa solo representa un medio al servicio de otro fin: regresar. «Quiero volver a Futaba, pero no puedo», confiesa mientras emplata la carne, dorada y jugosa. El seísmo sacudió las casas, el maremoto las destrozó y la radiación las deshabitó. Nadie pudo residir en el pueblo hasta hace cuatro años, cuando las autoridades retiraron las restricciones tras concluir las labores de descontaminación. Sin embargo, casi nadie acudió. Por eso en Futaba todo está a estrenar, moderno y reluciente, pero vacío. De los 8.000 vecinos que había antes de la catástrofe solo quedan 200. «Si a través de la cocina pudiera crear algo que hiciera que la gente quisiera venir aquí, por ejemplo un restaurante con estrella Michelin, esa sería mi manera de contribuir», fabula el chef, quien entretanto participa en eventos gastronómicos como este para reforzar la comunidad. Acto seguido, tiende al expectante comensal una bandeja con una ración de cerdo al jengibre, acompañado de col en juliana, ensalada de patata, un bol de arroz blanco y una jarrita de sake caliente, como sus padres tantas veces hicieran. Pero, antes de dejarle ir, señala la ventana: justo allí, al otro lado de la calle, en ese solar reducido a grava, se alzaba el añorado mesón familiar. Hay lugar no ya para el gozo, sino para el optimismo dentro de la circunferencia del plato. Las piaras del cerdo de Maeda, una línea de cría de alta calidad típica de la prefectura de Fukushima, han comenzado a reproducirse en granjas vecinas. Futaba, o lo que queda de ella, se aferra a la esperanza. Entre las parcelas baldías, algunas casas están decoradas con enormes murales que invocan la solidaridad. Son muchos quienes, como Takasaki, participan de ese empeño. Destaca entre ellos Daiju Takahashi, organizador del evento culinario. Este hombre, formado en la prestigiosa universidad estadounidense de Stanford, pasó por el ministerio de Exteriores y la consultora McKinsey, pero abandonó su carrera para instalarse aquí pese a no tener ninguna vinculación con el pueblo. ¿Ninguna? Él no está de acuerdo. «La energía que se producía en la central nuclear abastecía al país entero. Por eso lo sucedido es una crisis nacional que nos concierne a todos», explica. Esa noción de responsabilidad le empujó a fundar Oisix, una empresa que apoya la actividad de los agricultores locales, desde el cultivo hasta la comercialización, para así revitalizar la zona. «Nuestro último logro es plantar kiwis», presume orgulloso. Su rostro vuelto grafiti en una fachada plasma el agradecimiento de la parroquia. «La vida es muy divertida, es como una nueva frontera», cuenta. «El 70% de los habitantes son retornados y el 30% nuevos, lo que produce una mezcla de gente joven y mayor. El clima resulta muy peculiar, porque los pueblos suelen ser entornos muy conservadores, pero aquí la gente es muy abierta porque de otro modo no podrían sobrevivir». Los residentes de este remoto paraje observan con inquietud el retorno de la energía nuclear a Japón. Tras la catástrofe, todos los reactores del país se cerraron para realizar una inspección generalizada. Ahora, el Plan Energético Estratégico aprobado en febrero del año pasado prevé que la energía nuclear crezca hasta aportar un 20% de la electricidad nacional para 2040, frente al 30% que suponía antes del accidente en 2011. «Mi opinión no es emocional, sino económica. Su coste no incorpora el riesgo, que es demasiado alto para ser tolerado», apunta Takahashi. «Su uso debería reducirse al mínimo, a ser posible cero». Y, sin embargo, la radiación solo aceleró un problema anterior: el fenómeno universal de la despoblación rural. Por eso, el objetivo último de Takasaki, Takahashi y sus cofrades aspira a «crear un nuevo tipo de economía local». Los platos ya están vacíos, pero la tarea no ha hecho más que empezar.

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