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Aquella Marsella de 1940 como Casablanca | Collector
Aquella Marsella de 1940 como Casablanca
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Aquella Marsella de 1940 como Casablanca

La Marsella de 1940 se parece a 'Casablanca'. Tras la invasión alemana, una diáspora de escritores y artistas intenta escapar del cautiverio o la muerte. La salvación va en barco para América, pero hay que atravesar los Pirineos, la España franquista y Portugal. Y si la 'Casablanca' de ficción tiene como punto de encuentro el bar del americano Rick, la Marsella real depara otro americano heroico: Varian Fry. Desde la habitación 307 del hotel Le Splendide organiza el salvamento de fugitivos a través del Centre Américain du Secours. En busca del visado, lo más granado de la cultura europea: Hannah Arendt, Walter Benjamin, Heinrich Mann, André Breton, Max Ersnt, Alma Mahler, Franz Werfel, Lion Feuchtwanger o Marc Chagall. En 'Marsella, 1940' (Galaxia Gutenberg), el alemán Uwe Wittstock recrea el día a día de Fry entre mayo de 1940 y octubre de 1941. «Después de mi primer libro, 'Febrero, 1933', sobre las cuatro primeras semanas de Hitler, seguí la pista de los escritores y artistas que huyeron a Francia», explica. Narración coral que no es una novela, sino la realidad que supera la ficción. Su protagonista no es aquel Rick con cara de Bogart de 'Casablanca'. El treintañero Fry, cronista en la prensa del ascenso de Hitler, pionero de las organizaciones de ayuda, pone su vida al servicio de dos mil vidas. Miembro del Comité Español de Ayuda republicano en la guerra civil, asistió a la victoria de Franco y a la toma del comité por los estalinistas… Marsella es el único puerto de mar libre de la férula nazi. De los novecientos mil habitantes de 1939 pasará a millón y medio. Atestan las calles: «Refugiados de Bélgica y Holanda, soldados ingleses que se han salvado huyendo de Dunquerque hacia el sur por vías extravagantes, tropas coloniales francesas de Argelia o de Indochina, marroquíes con chales de seda, senegaleses con sus altos feces rojos, legionarios extranjeros con quepis blancos, entre ellos muchos soldados desmovilizados que aún no han encontrado la forma de volver a su tierra», recuenta Wittstock. Patrias arrasadas: austriacos, checos, polacos, húngaros, españoles, italianos antifascistas, rusos antiestalinistas… Para subir a los barcos, que solo zarpan desde Lisboa, hacen falta papeles y dinero. Un visado de tránsito español y uno portugués: «Por regla general sólo son expedidos cuando los afectados pueden demostrar que han reservado y pagado un pasaje a América u otro país de huida», apunta Wittstock. La operación debe desarrollarse con precisión de cronómetro, el visado es temporal: «Si se producen desafortunados retrasos, puede ser que un refugiado sólo consiga el último visado que necesita cuando el primero ha expirado ya, y que tenga que empezar todo el procedimiento desde el principio», advierte. De que eso no ocurra se encarga Fry. Entre los salvados, Heinrich Mann, hermano mayor de Thomas: «Había pasado su momento de gloria. Mantenía una relación ingenua con el comunismo». Hannah Arendt: «Todavía no era conocida. La más grande pensadora política del siglo XX». André Breton: «Un dictador. En Villa Air Bel componía 'cadáveres exquisitos' con sus adeptos. Quien se saltaba sus reglas era expulsado». Alma Mahler: «Antisemita, tuvo dos maridos judíos. Además de Gustav Mahler fue amante de Oskar Kokoschka y se casó con Franz Werfel y Walter Gropius.» Walter Benjamin: «Fui de Banyuls a Port Bou y pensé en lo dificultoso de aquella ruta para aquel hombre enfermo del corazón». La posteridad del Fry no fue feliz. El Emergency Rescue Comitte norteamericano no le aplaudió precisamente al regreso; su esposa, Eileen Hugues Fry, le pidió el divorcio y el FBI vigiló sus pasos. Fry sobrevivió como ayudante de redacción del The New Republic y en 1945 publicó sin éxito 'Surrender on Demand', sus memorias marsellesas. Tras abandonar el The New Republic por su línea prosoviética anduvo de redacción en redacción: «Al poco de ser contratado era despedido por diferencias políticas», señala Wittstock. Fracasado empresario de un estudio de cine y sonido, redactor publicitario, profesor de latín y griego, el Fry de los años sesenta cayó en la depresión tras la ruptura de su segundo matrimonio. El 13 de septiembre de 1967 murió en su casa de un ataque cerebral. Su único galardón en vida fue la Legión de Honor francesa. El reconocimiento póstumo llegó treinta años después; el Yad Vashem judío lo proclamó «Justo entre las naciones»; el secretario de Estado, Warren Christopher, reconoció que Fry «nunca tuvo el apoyo que hubiera merecido por parte del gobierno de los Estados Unidos». Wittscock recorrió Marsella en verano e invierno. El Chateau Pastré, sede del consulado americano, todavía existe, al igual que el hotel Le Splendide. Fry tuvo allí su habitación, se le recuerda. En el otro domicilio donde el americano tuvo despacho no hay ninguna placa, pero el nombre de Fry sigue en los timbres de la entrada. «Una forma maravillosa de recordarlo», celebra Wittstock.

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