ABC
Lo de Melania empieza, como 'Jóvenes Ocultos', con una cámara subjetiva que se acerca a la costa. Pero, si en la peli de Joel Schumacher descendía para llevarnos hasta una montaña rusa, aquí nos postra a los pies de la Primera Dama sobre taconazos de infarto. Como de moda sé tanto como de fútbol (y como de montañas rusas), no les puedo decir si son unos Manolo Blahnik o unos Jimmy Choo. Lo que es seguro es que no son de mercadillo. Y si lo primero que sabemos de Melania es que no va descalza, lo segundo que sabemos es que se tarda más en llegar de la puerta de su casa en Palm Beach a la salida de la propiedad, atravesando todo el jardín en coche con comitiva, de lo que tardo yo en cruzar mi pueblo y volver con toda mi desidia encima. Se sabe cómo de rico es alguien por el tiempo que transcurre entre que cierra la puerta de su casa y que pisa espacio público. Aun con todo, de la puerta al coche y del coche a su avión privado, es posible que Melania dé un total de nueve pasos. Porque los ricos tampoco andan. Y luego, con esa cara que tienen todas las mujeres millonarias y guapas (o guapas y pobres pero que quieren parecer millonarias) de que recién han olido algo que apesta, sube los escalones de su avión privado. Porque poner un ascensor o que la suba en brazos el guardaespaldas sería demasiado incluso para ella , imagino. Antes de bajar en Nueva York se habrá cambiado de ropa y nos habrá anunciado que, en las próximas dos horas, vamos a ver cómo son veinte días en su vida. No porque ella quiera, sino porque a todo el mundo le interesa. Por eso ella misma ha producido este documental, biopic o publirreportaje (lo que sea, que no me queda muy claro). Lo que sí nos queda claro es que, si una es la mujer del presidente de los Estados Unidos, no pisa la calle para nada y, cuando la pisa un poco, todo el mundo le aplaude. Hasta para probarse un abrigo lo que hace, en lugar de ir a la tienda, es meterse en un coche seguido por tropecientos guardaespaldas, de allí directa al avión, del avión al coche, del coche al garaje, del garaje al ascensor y de ahí al ático de una torre con el nombre del marido en la Quinta Avenida. Y mientras la cámara nos enseña unas vistazas de la ciudad con Central Park a sus pies, su voz en off nos explica que, su día a día, consiste en compaginar las complejidades de su vida con las necesidades de su familia. Debe ser agotador ser Melania Trump , con su vida compleja y su familia llena de necesidades. Y ella ahí, compaginando todo el rato. Melania tiene que tomar todo el tiempo decisiones dificilísimas y de vital importancia. Como el tamaño de la solapa de un abrigo hecho a medida, el largo exacto de un vestido sin costuras o el tono preciso de rojo del sobre de unas invitaciones. También tendrá que supervisar que el color de los manteles y las flores combine perfectamente con el de las columnas y las molduras del edificio histórico en el que se celebrará la cena de investidura. También se reúne con otras mujeres muy filantrópicas porque le preocupa mucho la infancia . Con la mujer de Macron y con Rania de Jordania, por ejemplo. Begoña no sale porque a ella le preocupan más otros asuntos, como tener una cátedra sin estudios y estar pentaimputada. Del día de la investidura de su esposo, Melania destaca que pasaron el día en el Capitolio, de ceremonia en ceremonia, lo que supuso «disfrutar del entorno, intercambiar sonrisas con el personal del Capitolio y pasar un rato más con los tacones puestos». Trump sale en calidad de extra de lujo. Es la peli de su señora y no quiere restarle protagonismo, por eso solo sale para loarla y acompañarla. Trump es un romántico solo comparable a Ábalos, está claro. Melania, la película, es como un reel de instragram sobre life style demasiado largo. Prefiero 'House of Cards'.
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