Cope Zaragoza
Ramón Fandoz y Mariel Massa son un matrimonio monástico que ha cambiado su vida por completo. Tras una primera experiencia viajando en una furgoneta camper, sintieron que ese estilo de vida no les “llenaba para nada”. La solución la encontraron en la vida contemplativa: decidieron poner su vida y su vocación matrimonial al servicio de los monasterios con falta de vocaciones. La idea surgió tras visitar a una amiga carmelita y constatar la necesidad de relevo generacional en muchos conventos. “Esto no se puede perder”, pensaron. Su objetivo es doble: por un lado, reforzar los monasterios que se están quedando sin monjes e incluso habitar los que ya están vacíos; y por otro, dar salida a una vocación que creen que otros matrimonios maduros, libres de cargas familiares o económicas, podrían sentir. Ramón lo describe como “una nueva página en el libro”, una figura inédita que combina la vida matrimonial con un entorno contemplativo. Lejos de buscar un beneficio, su motivación es altruista, tal como ellos mismos afirman: “La idea es ayudar y aportar, en ningún momento es recibir”. Se ponen a disposición de las diócesis para lo que necesiten, siempre desde la aportación. Durante casi cinco meses, el monasterio de Balbanera, en La Rioja, ha sido su hogar. Allí, junto a cuatro monjes, han compartido trabajo y oración mientras vivían en su furgoneta. Ramón, que es creador de contenido y enseña inglés online, ha podido compaginar su trabajo con la vida monástica. La integración fue progresiva, basada en el testimonio y la constancia: “Fue muy simple el hecho de vernos el testimonio, íbamos a todos los oficios, participábamos”. Esta convivencia, que califican de “aire fresco”, ha sido enriquecedora para ambas partes. Se ha producido lo que un amigo del matrimonio define como la complementariedad de las vocaciones, donde la vida consagrada y la matrimonial se retroalimentan. Poco a poco, los monjes han comprendido que la iniciativa “vale la pena” y les ayuda a vivir su propia vida monástica. Actualmente, Ramón y Mariel son el único matrimonio en España que vive esta experiencia. “Estamos solos. Es una locura”, comentan. Uno de los principales desafíos es la logística, ya que los monasterios no están preparados para acoger a un matrimonio. La clausura es para los monjes y la hospedería tiene otra función, lo que les obliga a buscar soluciones experimentales sobre la marcha para encontrar su lugar.
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