Faro de Vigo
Huele a tierra mojada y a memoria contenida en los caminos de Carracedo. En los muros de la vieja escuela unitaria todavía parece resonar el eco metálico de la campana y el rumor de unos niños que, en la década de los treinta, descubrieron que el mundo era mucho más vasto que las lindes de su parroquia. Quienes les abrieron las ventanas de par en par fueron Pilar Poza Juncal y Agustín Álvarez. No traían solo cartillas, tinteros y mapas; traían bajo el brazo el aliento fresco y modernizador de la Segunda República. Hoy, esos niños son ancianos de manos arrugadas que todavía pronuncian el nombre de sus maestros con una devoción casi sagrada. Y este domingo, 19 de abril, el silencio espeso que durante décadas cubrió su destierro se romperá definitivamente contra la piedra de la fachada escolar.
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