ABC
David Bowie imaginó el espacio como el lugar definitivo de la soledad humana. Lo que no imaginó es que la gran amenaza a 320.000 kilómetros de la Tierra no sería el vacío, ni la radiación, ni la inmensidad del cosmos. Sería el baño. El progreso ha conseguido sacar a cuatro seres humanos de la atmósfera, propulsarlos a 320.000 kilómetros de distancia, sostenerlos en el vacío con sistemas de soporte vital de ingeniería extraordinaria… y el punto de quiebre ha sido el inodoro. No un fallo de navegación, ni de propulsión. El baño. Es bastante revelador. No sobre la NASA. Sobre nosotros. El saneamiento no se puede tratar como detalle de último momento. Como algo menor. Como infraestructura que se resuelve después de lo importante. La Apolo 10 en 1969: excrementos flotando en la cabina. La Crew Dragon en 2021: pañales de contingencia. Artemis II en 2026: orina congelada, bolsas colapsables, y rotar la cápsula hacia el Sol para desatascar una tubería. La tecnología avanza. El patrón, no. Mientras tanto, en la Tierra, 3.500 millones de personas no tienen acceso a saneamiento seguro. No porque sea técnicamente imposible, sino porque tampoco aquí termina de considerarse lo importante. Porque el saneamiento no genera el tipo de narrativa que moviliza inversión política. Porque hablar de heces y orina, aquí o en la órbita lunar, sigue siendo la única cosa que iguala a todo el género humano y la única que nadie quiere poner en la agenda. La astronauta Christina Koch lo dijo sin ambages desde la cápsula Orion: «Probablemente es la pieza de equipo más importante a bordo». No los motores. No los ordenadores. El baño. Tenemos una civilización que apunta telescopios al espacio profundo buscando agujeros negros a miles de millones de años luz. Y lleva milenios sin ver el que tiene delante. Quizás el problema no sea la potencia del instrumento. Sino la dirección en la que miramos. Para los cuatro de Artemis II fue una crisis técnica resuelta en horas. Para miles de millones, es una crisis permanente que nadie llama crisis. «Major Tom to ground control...». Tenéis un problema. Pablo Alcalde Castro. Madrid El teatro español se desliza hacia una complacencia anestésica, refugiado en formas vacías que confunden la experimentación con la ausencia de fondo. Bajo el pretexto del entretenimiento se ha orillado el compromiso ético, sustituyendo la agitación de la inteligencia por una aquiescencia tácita ante el poder. Hoy, el sistema parece preferir la gestión de espacios a la protección del pensamiento. Ante una realidad deshumanizada por el algoritmo, es urgente recuperar la función moral del escenario: ser el espejo incómodo donde la sociedad se reconoce y se cuestiona. El público no merece ser intoxicado por una comicidad gruesa, sino interpelado por una dramaturgia que asuma el peso de su tiempo. Es hora de que el teatro deje de pedir permiso y vuelva a ser un acto de resistencia cultural. Paco Parejo Santiago. Los Alcores (Sevilla)
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