La Jornada
La prosa es más segura, firme, que la poesía, entre alada y flotante. El prosista da la impresión de que sabe adónde va. El poeta, digámoslo en términos coloquiales y alzando los hombros, sabe adónde va; no hay nada seguro, excepto que tiene fe en que el adonde va es adonde debe ir, o mejor: dejarse, como flotando, llevar.
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