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3.000 controles y ni un positivo: ¿Juegos inmaculados o dopaje indetectable?
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3.000 controles y ni un positivo: ¿Juegos inmaculados o dopaje indetectable?

Cero positivos. Cuando los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán-Cortina 2026 bajaron el telón hace dos meses, no sólo se celebraron las medallas de Noruega, Estados Unidos o la sorprendente irrupción de algunos países emergentes. Se consumó, además, un hecho que parecía reservado a los libros de historia del deporte limpio: por primera vez desde Nagano 98 -hace 28 años- no se registró un solo caso positivo en los controles antidopaje realizados durante la competición. Ni uno. Cero positivos en un evento que reunió a 2.900 deportistas de 90 comités olímpicos nacionales. ¿Deporte limpio o dopaje oculto? La Agencia Internacional de Tests (ITA) lo ha certificado con frialdad clínica: 3.053 muestras recogidas en Milán de 1.848 deportistas, el 63,4 % de los participantes en los Juegos. De ellas, 2.180 eran muestras de orina, 768 de sangre y 105 de sangre seca (DBS). Todas fueron analizadas en el laboratorio acreditado por la AMA en Roma. Y todas fueron limpias. Nil Llop , patinador español de velocidad sobre hielo, reacciona con alegría cuando ABC le comunica la noticia: «Ostras, qué bien! Me parece muy bien que no haya habido ningún caso entre tantos controles. Al final esto demuestra que han sido unos Juegos limpios y éste es uno de los fundamentos del deporte». Llop, que compitió en los Juegos de Milán, añade: «Aún así, creo que es clave que se mantengan controles muy estrictos. Así garantizamos la igualdad en la competición». Con anterioridad a los Juegos, el 92 % de los deportistas ya había pasado al menos un control en los seis meses previos de clasificación, con más de 7.100 tests adicionales. El suizo Benjamin Cohen, director general de la ITA, no ocultó su satisfacción: «Antes sólo se les sometía a controles cuando llegaban a la Villa Olímpica. Hoy el sistema es completamente distinto. Seguimos a los deportistas durante el periodo más delicado, el de las pruebas de clasificación para los Juegos». Quien haya seguido la evolución de la lucha antidopaje habrá advertido cambios en los últimos años. Tras el informe McLaren de 2016, que destapó el dopaje de Estado ruso, la AMA y el COI viraron el timón. Se pasó de un control reactivo —cazar in fraganti en la competición— a una estrategia proactiva de inteligencia, pasaporte biológico y vigilancia continua. Los Juegos de Milán-Cortina parecen saldarse, en un primer balance, con un resultado limpio, inmaculado. Manuel Carballo, expreparador físico de la federación española de deportes de invierno, opina que estos resultados pueden ser engañosos. «Tres mil análisis negativos en un deporte como el esquí, no es algo fácil de creer, me parece un lavado de cara. Yo tengo mis dudas sobre la situación real de la AMA y las agencias nacionales antidopaje, creo que hay descontrol y la situación es delicada. ¿Quién se cree esto? Mi verdadera opinión es que el dopaje es cada vez más sofisticado». Los expertos, sin embargo, no pueden evitar preguntarse: ¿se acabó el dopaje o simplemente se ha vuelto más inteligente que nuestros detectores? ¿Sigue ganando la trampa a la ley? Porque la historia reciente nos ha enseñado que la ausencia de positivos 'en caliente' no equivale a inocencia absoluta. Recordemos Londres 2012 : con 31 medallas retiradas años después gracias a reanálisis con nuevas técnicas. Las muestras de Milán se conservarán diez años. En un futuro no lejano, un método aún por inventar podría revelar lo que hoy escapa. El dopaje no es un delito que prescriba: es una carrera larga, arriesgada y peligrosa. En los deportes de nieve y hielo, además, la tentación ha sido histórica. El esquí de fondo y el biatlón han sido terreno abonado para la EPO, las transfusiones sanguíneas y los moduladores hormonales. La biatleta italiana Rebecca Passler dio positivo por letrozol —un metabolito que favorece la recuperación y reduce estrógenos— antes del evento pero la sanción fue levantada provisionalmente por el Comité Italiano Antidopaje. El recurso fue realmente singular: Passler argumentó que su madre se trataba un cáncer de mama con letrozol y que ella se sirvió la Nutella en el desayuno con la cuchara de su madre el día anterior al control. El caso está pendiente de revisión por la AMA. La celebración de estos datos debe ir acompañada de exigencia. La ITA ha demostrado que los controles previos y la cooperación con las federaciones internacionales funcionan. Sin embargo, faltan todavía los datos de Milán desglosados por deporte, por país y por sustancia. ¿Cuántos controles se concentraron en el esquí nórdico? ¿Qué porcentaje de pasaportes biológicos presentó anomalías que, aunque no derivaron en sanción, merecieron seguimiento? La transparencia no es un lujo; es la única vacuna contra la desconfianza del aficionado. El dopaje no parece haber desaparecido del todo, quizá permanece pero se ha sofisticado. La catarata de casos positivos en el atletismo keniano apunta a que se detecta el dopaje en países menos desarrollados pero no en las naciones ricas. Los péptidos, las hormonas de crecimiento recombinantes y las manipulaciones genéticas siguen arrojando dudas. La DBS —gota de sangre seca— es un avance formidable para detectar microdosis de EPO, pero no es infalible. Por eso, el hito de Milán-Cortina no debe leerse como victoria definitiva, sino como prueba de que el camino correcto es el de la prevención temprana y la inteligencia compartida. El escocés Andy Murray , siempre con manifestaciones claras y firmes contra el dopaje, declaró hace años que «si de 100 tenistas hay uno que se dopa y no lo detectamos, para mi, el deporte ya no es limpio». En Milán no se ha detectado ninguno y parece un triunfo. Pero la lucha no termina con el cierre de la Villa Olímpica. Continúa en los laboratorios, en las bases de datos y, sobre todo, en la conservación de muestras congeladas y en el descubrimiento de innovadores métodos de detección. Sólo así se asegura la limpieza.

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