Diario CÓRDOBA
Hay dos advenimientos relacionados: el de las carteras de aluminio y el del sabor pistacho. En una cartera de piel, a la que se llegaba tarde o temprano superando ritos de iniciación, se llevaban todos los documentos posibles hasta ocupar los tarjeteros. Cabían perfectamente los billetes, los recibos, las entradas de cine y los museos y las fotos de la gente de cada uno. De pronto empezaron a vender carteritas rígidas en las que sólo caben tarjetas de crédito, con protección RFID para que no te roben en las aglomeraciones internacionales (a ti, que la cola más larga que haces es para comprar pan de El Vacar en el Bar Laura) y sin espacio para nada. No protege nada porque nada importa, sólo el plástico y la cuenta vinculada. No se puede mirar el céntimo porque no cabe. La piel envejece y estas carteras no envejecen, se rompen y ya. [Aparecen los corifeos: ¡Pero no abultan! ¡Abajo el viejo estilo! ¡Así sí, así no, Loro Piana!]. En esta mentalidad de que el dinero es un juego en el que los pobres van perdiendo porque no entrenan se ha puesto de moda el pistacho. A mí esto me preocupa. Pistachos hemos comido siempre, e igual se veían junto a un whisky caro y unos anacardos en las novelas de Pombo que en una familia normal que compraba su buena bolsa en Genaro, o en el Willy de la calle Concepción, para pasar la tarde con las películas del videoclub. Ahora lo normal se toma como un lujo -como un lujo para pobres, vamos a entenderlo- bajo todo el pantone de verdes y la filiación «Dubái». Sabor Dubái, lo que tomabas de siempre pero ahora también cuando no te apetece y cincuenta céntimos más caro. Págalos con tarjeta, por supuesto.
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