La Opinión de Murcia
Mi madre guarda en un cajón un manojo de llaves que ya no abre nada. Lo extraordinario no es que sigan ahí, sino que sigan mandando. Comparten el cajón con pilas muertas, botones viudos, una cinta métrica cansada, pero ellas conservan algo que el resto ha perdido. Mi madre las toca como se toca a ciertos objetos que no sirven ya para nada y, sin embargo, todavía parecen saberlo todo. Las mueve un poco y suenan. Ese ruido menudo, metálico, casi de insecto, tiene una autoridad antigua. No viene del hierro. Viene de una época en la que las cosas, incluso cuando costaban, encajaban.
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