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El desafío de la vida religiosa en tiempos de crisis vocacional: "La reducción no es un desastre. Todas las congregaciones empezaron siendo pocos y con muchas incertidumbres" | Collector
El desafío de la vida religiosa en tiempos de crisis vocacional:
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El desafío de la vida religiosa en tiempos de crisis vocacional: "La reducción no es un desastre. Todas las congregaciones empezaron siendo pocos y con muchas incertidumbres"

En un momento en que la vida consagrada afronta una crisis, con un descenso continuado en el número de sus miembros, la mirada de la Iglesia se vuelve hacia dentro para analizar el presente y proyectar el futuro. En el marco de las jornadas de vida consagrada, el director del Instituto Teológico de Vida Religiosa, Antonio Belella, ofrece una esperanza: la actual reducción numérica no debe interpretarse como un final, sino como una oportunidad de transformación. Frente a la tentación del pesimismo, Belella rechaza la idea de que existan épocas mejores o peores para la fe. "No hay ningún buen ni mal momento para la vida consagrada", afirma. Según él, "en el tiempo que vivimos es el tiempo donde Dios nos encuentra". Para ilustrarlo, recurre a la historia, recordando momentos de extrema dificultad que se convirtieron en preludio de una restauración, como la supresión de los jesuitas en 1773 o la expulsión de las órdenes religiosas en España en 1835. Lejos de ser un fracaso, la situación actual es una llamada a la remodelación. "La reducción no es un desastre. La remodelación y reacomodación de estructuras no es un final", insiste Belella, enmarcando estos desafíos en el simbolismo de la Pascua. Los problemas que se sufren "no son de muerte", sino parte de un proceso de renovación que impregna todo el ser de la vida consagrada. El lema de las jornadas, "Afrontar la reducción caminando y habitando en el desierto", es para Belella una metáfora clave. Sostiene que el desierto no debe ser visto como un "lugar inhóspito", sino como un "lugar de gestación". En este espacio es donde "se camina juntos", se cultiva una "soledad buena" que permite la introspección, se aprende a escuchar, a obedecer y a vivir la sobriedad. Es el lugar donde se forja la identidad de un "pueblo de Dios que camina hacia una tierra prometida". Belella también matiza el manido debate entre cantidad y calidad, que califica de "frase hecha". Defiende que, si bien ahora el foco debe estar en la calidad al ser menos, no hay que olvidar que "cuanta más cantidad hay, más posibilidad hay de que haya calidad". El cuidado de la vocación, asegura, siempre ha sido una prioridad, tanto en los momentos de euforia como en la actualidad. Ante la dificultad de conectar con las nuevas generaciones, Belella propone volver a la autenticidad. La mejor manera de mostrar la belleza de la vida consagrada a los jóvenes es "ser lo que somos y serlo de verdad". Describe este proyecto de vida como "muy hermoso", basado en la "sobriedad", la "humildad", la "atención a los pobres", la formación continua, la oración y la vida comunitaria. Una belleza que no reside en el "arte excelso", sino en una "vida sencilla" que "tiene mucho que decir" y que es capaz de "aguantar lo que haga falta con tal de ser samaritana". Para afrontar los desafíos actuales, el teólogo subraya la necesidad de una vida religiosa con una fuerte "dimensión teologal", donde nada opaque la centralidad de Dios. Es fundamental, añade, "aprender a hacer silencio", a "reflexionar" y a transmitir una "profundidad de vida". Asimismo, destaca el valor de la "fraternidad" y aunque admite que "no vamos a atraer a multitudes", recuerda que "todas las congregaciones empezaron siendo pocos, pobres y con muchas incertidumbres", pero con una gran voluntad de servir en nombre de Jesucristo. Belella concluye asegurando que esta forma de vida sigue siendo vital para la Iglesia. "No se olviden de que la vida consagrada en la Iglesia todavía tiene mucho que decir, porque la ama con todas sus fuerzas, a la Iglesia y a quienes formamos parte de ella", finaliza.

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