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Cuando un conductor se acerca a un concesionario con el objetivo de comprar un coche ya no solo se le plantea la duda del modelo a escoger, sino también el del tipo de combustible o de modalidad (eléctrico, híbrido) que va a comprar. También se encuentra con otro abanico de opciones con el que quizá no contaba, pero que se abre camino como otra vía: el renting en vez de la propiedad de ese vehículo. ¿En qué caso compensa adquirirlo por esta especie de alquiler de todo incluido frente al pago de una importante cuantía de dinero como propietario? El uso del coche está cambiando, y cada vez más conductores optan por soluciones que se adapten a sus necesidades reales de movilidad. Los últimos datos indican que hasta febrero de 2026 se registraron 54.429 operaciones de renting, lo que supone un incremento del 15,6% respecto al mismo periodo del año anterior, según cifras de la Asociación Española de Leasing y Renting (AELR). Ya no es solo una opción para empresas, sino también para cada vez más usuarios. El renting se consolida cada vez más como una alternativa que permite disponer de un vehículo sin asumir los costes fijos y las gestiones asociadas a la propiedad. Hay factores que influyen en su crecimiento, como el tráfico, las zonas de bajas emisiones o la disponibilidad de transporte público hacen que el coche deje de ser imprescindible en el día a día para muchos usuarios. Sin embargo, sigue siendo clave en momentos concretos, como las vacaciones o los trayectos largos. En este contexto, Fernando Rumoroso, CEO Interim de Athlon Iberia y director comercial de Athlon España, recuerda que tener un vehículo en propiedad implica asumir una serie de gastos y responsabilidades que se mantienen durante todo el año, incluso cuando el coche apenas se utiliza: El coche parado también pasa factura. Aunque el vehículo se utilice solo en momentos puntuales, tener coche en propiedad implica asumir diferentes costes anuales: seguro, impuestos o revisiones forman parte de esos pequeños gastos que se van acumulando con el tiempo. El mantenimiento llega y hay que pagarlo. Cambios de aceite, revisiones mecánicas o sustitución de piezas forman parte de la vida útil de cualquier vehículo. En un coche en propiedad, estos trabajos de mantenimiento se traducen en facturas periódicas que el conductor debe asumir. Hasta ahí los beneficios. Porque también hay que tener en cuenta la gran cuestión que condiciona la decisión de adquirir un vehículo en modalidad de renting: la letra pequeña de los contratos. Y esas cláusulas establecen una limitación de kilometraje que no todos los usuarios están dispuestos a aceptar. Dependiendo de la compañía, ese límite se sitúa en unos 15.000 kilómetros al año. A partir de esa cifra, los costes se disparan. Ese es el gran hándicap que tiene esta vía de adquisición de vehículos, porque pagar una penalización por superar el límite de kilometraje puede suponer un coste muy elevado que destroza las cuentas domésticas para una familia que quería un vehículo para determinados trayectos, o bien para realizar un uso intensivo del mismo.
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