ABC
Esta es la selección que han hecho los críticos de ABC de los discos que se han publicado esta semana. El gran valor de 'Bully' es extramusical, y no es otro que el de manifestar el instinto de supervivencia de un genio autolesivo, un Kanye West rebautizado como Ye y cuyas últimas producciones musicales –incluidas las aún recientes entregas de 'Vultures'– están a una altura que muy pocos músicos con veinte años de carrera, unos dormidos en los laures, otros perdidos en un febril tiempo de mudanzas que les hace desafinar hasta el gallo, han logrado mantener. Como obra de arte, 'work in progress' cuyo final ni siquiera depende de su genio, la destrucción personal de West corre pareja a su habilidad para componer buenas canciones, alguna excepcional, a través de un pastiche sobresaliente, sofisticado y a la vez reconocible por un gran público al que ahora ofrece el mayor espectáculo de estadio desde el Zoo TV de U2 y que lo acompaña, adhesión inquebrantable, a través de la estación de penitencia con la que trata de purgar sus pecados y desvaríos. 'Bully' no es la llamada de socorro de un ser trastornado, perseguido y vetado, sino un grato ejercicio de exhibición creativa, de reivindicación de su propio legado –no hay evolución; total, para qué– y de resistencia. Mientras Kanye West se vuelve loco o cuerdo, Ye le echa una mano, teléfono de la esperanza, que es la nuestra, para recordarle quién fue y quién puede seguir siendo. Se viene batallita. Recuerdo cuando hace bastantes años, siendo yo un adolescente, fui a comprarme el DVD de 'Let's Get Lost', el considerado por muchos –incluido yo– uno de los mejores documental de la historia de la música, dirigido por Chris Weber en 1988, sobre la atormentada vida de Chet Baker. Esperaba yo encontrarme a viejas glorias del jazz y expertos sesudos lanzando sus diatribas sobre el trompetista, pero cuál fue mi sorpresa cuando en la primera escena apareció otro trompetista, de veintipocos años, haciendo que tocaba el instrumento con los dedos y entrevistando al mismísimo Chet Baker en un pub de Santa Mónica, meses antes de que este último muriera al precipitarse por la ventana de un hotel mugriento en Ámsterdam corroído por heroína. Aquel joven 'periodista' no era otro que Flea, quien antes de ser bajista de Red Hot Chilli Peppers era un trompetista apasionado y obsesionado con el jazz. Fue en esos años cuando puso la primera semilla de este 'Honora' que parece llegar con 40 años de retraso. Algo así como una deuda que el bajista tenía con el jazz y consigo mismo tras lograr el estrellato mundial con su banda. El jazz entró como un torrente en sus venas antes que el rock, el funky o el hardcore. Antes que Blag Flag o George Clinton, estuvieron Freddie Hubber o Charlie Parker. Pero, curiosamente, solo uno de sus temas, 'Morning Cry', suena a estas leyendas, a medio camino entre be bop y el hard bop, a revoluciones añejas y ya trilladas. Me dijo una vez Dave Holland que la mayoría del jazz hecho en los últimos cuarenta años es una copia de lo que ya hicieron ellos antes. Eso es este tema, el pequeño pecado de 'Honora'. El resto del disco, sin embargo, mira más hacia nuestro tiempo, con las colaboraciones de Nick Cave y Thom Yorke. Desde la intro de 'Golden Wingship' y 'Willow Weep For Me' –ruidosas y extrañas–, hasta 'Think Bout You', 'Wichita Lineman' y 'Maggot Brain' –sutiles y melódicas–, pasando por el habitual 'flow' del compositor en 'A Plea' y 'Traffic Lights', todo este debut en solitario está más cerca de Fela Kuti y contemporáneos como Erik Truffaz, The Cinematic Orchestra o Red Snapper que de sus idolatrados Cannonball Adderley, Horace Silver, Louis Armstrong o Max Roach. Y se agradece, aunque no suena a revolución (¿se puede revolucionar a estas alturas?). Es un disco bonito y diferente que a los seguidores de RHCP quizá no les emocione, pero no creo que eso a Flea le importe mucho. Puede que hasta le seduzca. Cuando Arlo Parks «triunfó» tenía 20 años, y su 'Collapsed in Sunbeams' estaba tocado, es decir, se basaba principalmente en los instrumentos básicos (bajo, guitarra, batería). Desde allí hasta 'Ambiguous Desire' –además de otro disco en medio, anticipando estos sonidos– han pasado muchas cosas. La más importante, haberse mudado a Estados Unidos, haberse enamorado de California y de los clubes de Nueva York. Este es un álbum nocturno y sofisticado, con unos instrumentos poco virtuosos pero una producción excelente (las percusiones suenan a gloria) que en ocasiones te engancha como si fueras en patines agarrado a un camión de bomberos. Aunque todo está muy contenido, hay variedad: algunas son muy orgánicas, pero la base de batería de 'Nightswimmers' es casi el 'minipops' de Aphex Twin. 'Heaven', tal vez el mejor tema, se apoya en un gran bajo sintetizado como estribillo. Las dos penúltimas canciones empiezan a aburrir un poco, pero 'Floette', la traca final, esconde un crescendo como as en la manga en su último minuto que es una genialidad. Un cuarto de siglo después de 'Mass Romantic', los canadienses siguen sonando como si aún creyeran en el milagro del pop, aunque esta vez lo miren desde las ruinas. 'The Former Site Of' es un disco marcado por la resaca emocional de tiempos convulsos. Un elefante en la habitación que el grupo decide no verbalizar: la falta de su anterior batería, Joe Seiders, condenado por posesión de pornografía infantil, entre otras ausencias y circunstancias adversas. Se alaba la valentía de continuar con la banda hasta cuando la ironía usa tu nombre para atacarte de la peor manera, pero el disco no dice mucho. Hay buenas ideas por todas partes, melodías que prometen despegar… y luego no. Y así desde la primera pista, 'Great Princess Story', que cuesta distinguir de 'Pure Sticker Shock', la segunda. Solo 'Votive' aporta un poco de alegría y ritmo más acelerado y fue elegida, oh sorpresa, como sencillo y puerta de entrada. En líneas generales, el disco orbita por sus emociones sin aterrizar nunca del todo. Misticismo, indudable calidad, pero una especie de desgana. Newman escribe con lucidez, casi en modo confesión, pero las canciones se quedan flotando, como si les faltara el último empujón. Todo apunta a un clímax continuo que nunca llega. Como ver a una gran banda hablar en voz baja cuando sabes que podría gritar.
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