ABC
Júlia de Paz Solvas y Nuria Dunjó desarrollan aquí, para 'La buena hija', el guion del cortometraje que hicieron en 2021, 'Harta', y le ponen una luz matizada, más peculiar, a un asunto muy habitual y luminoso hoy en día, un matrimonio separado entre tormentas y una hija preadolescente que sufre la presión de la ruptura y de la compleja pertenencia y convivencia. El foco apunta esencialmente a la chiquilla, que vive con su madre y con su abuela y tiene encuentros esporádicos en un centro especial para ver a su padre y pasar la tarde con él. La madre está dibujada con serenidad, con madurez de trazo, y el padre, que es pintor, a brochazos: es un hombre amoroso, cambiante, manipulador, que quiere a su hija y probablemente a su exmujer, aunque pesa sobre él la sospecha de una tendencia a la agresividad y al infantilismo moral. Lo cierto es que Júlia de Paz Solvas solo emplea sutileza, detalles esquivos, para que la hija (y el espectador) comprendan cuál es la naturaleza del padre, un poco al estilo de esa serie, 'Querer', en la que Júlia de Paz colaboró en el guion y también en la dirección. Los conflictos emocionales que le interesan a la historia son los de la niña, que tiene que acomodar sus sentimientos hacia la madre, siempre atenta y comprensiva, y hacia su padre, al que adora y, en cierto modo, también teme, o al menos eso es lo que transmite la cámara al espectador, que convierte en un territorio tenso, casi de thriller, sus encuentros llenos de risas, de complicidad y de incomodidades. Es fundamental para que la historia cumpla su cometido de señalar, sospechar, alertar… la buena interpretación del trío protagonista, Kiara Arancibia, con su punto físico de rebeldía; Janet Novás, la madre, que sabe cosas que la película no cuenta aunque sugiere, y Julián Villagrán, que matiza bien sus desequilibrios, sus deseos y sus carencias. La abuela, que tiene un papel medicinal, cicatrizante y terapéutico está interpretada con dulzura por Petra Martínez. La impresión que deja 'La buena hija' es que el mundo adulto, con su egoísmo, taras y victimismo, son muros que avanzan, se ciernen y presionan esa habitación aún amplia y libre de la infancia.
Go to News Site