ABC
A veces me pregunto por qué me gusta 'The Pitt'. Es todo lo que aparenta, un drama hospitalario, con sus líos, sus roces, sus casos estrambóticos, sus batas, la sangre. Pero luego también es un poco la vida, una especie de puzzle que refleja la sociedad, a cuentagotas, con dosis de una hora de un turno que terminan cuando es de día y llega el relevo. Para casi todos, porque luego tocan los informes. La burocracia también afecta al sistema sanitario, igual que las deportaciones masivas de Trump, los impagos del seguro, los padres que pierden de vista a sus hijos y los médicos que roban medicamentos para acallar los demonios que curan en el resto. Hay a quien, como a la joven residente asiática, no se le caen los anillos por quitarse el uniforme cuando el reloj señala el fin de su jornada. Unos le reprochan su falta de compromiso, de compañerismo, y ella lo mira desde un crisol pragmático: si estoy descansada seré de más ayuda mañana. Mi madre, que adora los culebrones, dice que en 'The Pitt' no pasa nada. No sé, en casa se ha convertido en nuestro refugio semanal. Igual ver la tensión, el estrés o la adrenalina en la pantalla sirva para purgar nuestros problemas, descansar brevemente de la vida viendo al resto hacer sufrir, hacer cosas, equivocarse, acertar, vivir. El doctor Robbie de Noah Wyle, antes brújula moral de la serie, bálsamo para todos, ahora es un amago de tirano que paga con el resto sus propias dudas, inseguridades, problemas. O la enfermera Dana, interpretada por Katherine LaNasa, cuando habla en vez de callar, cuando actúa sin pensar, cuando defiende a los suyos aunque le cueste la reputación o aún peor, un puñetazo. Ella es la coraza, pero nadie es solo eso aquí ni allí ni en ningún lado. Creo que ellos, más allá de las distancias, son un poco todos. También Rusty Schwimmer, que interpreta a una antigua y eficaz administrativa que regresa para ayudar durante una crisis tecnológica en el hospital después de ser desplazada por la digitalización. Su conversación, a las puertas de urgencias, con el personaje de Shabana Azeez, que es la principiante Javadi de perpetua cara de asco, es impagable: –No se puede fumar aquí fuera. –¿En serio? Pues de momento estoy pudiendo. ¿Qué edad tienes, reina? –21… el martes. –Lo que antes llamaban sabia idiota. –Ya no se usa ese término, es despectivo. –Milenials de piel fina. –Soy de la generación zeta. –Aún peor. Yo fui stripper en el Purgatory para pagarme la carrera a tu edad, ofendiditos. Pues eso.
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