Faro de Vigo
El estallido de la guerra en Oriente Próximo y el cierre del estrecho de Ormuz afloran la extrema fragilidad de Occidente respecto a las importaciones en general y las de gas y petróleo en particular. Como ocurrió ya tras la invasión de Rusia a Ucrania en febrero de 2022, provocando una de las mayores crisis energéticas que se recuerdan. Los países europeos se han visto obligados a sacar del cajón medidas para paliar el impacto de los ataques de EE UU e Israel con Irán, uno de los diez mayores productores de crudo y el segundo con mayores reservas de gas natural. Aunque solo el 4% de los barriles de petróleo que pasan por Ormuz se dirigen a la UE, ningún lugar del mundo queda al margen de la sacudida en los precios y de las enormes oscilaciones en las cotizaciones desde que arrancó el conflicto por las idas y venidas también en el discurso del presidente estadounidense Donald Trump. Y el terremoto va para largo. «Incluso si esa paz llegara mañana, no volveríamos a la normalidad en un futuro previsible», afirmó la semana pasada Dan Jørgensen, comisario europeo de Energía.
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