Diario CÓRDOBA
Irán se encuentra hoy en el epicentro de una tormenta que combina el colapso de una teocracia con una guerra abierta contra potencias extranjeras. Mientras los cielos de Isfahán y Teherán son surcados por misiles, ahora parcialmente ausentes en la tregua, en las calles se libra una batalla más silenciosa pero igualmente letal: la de un régimen que, en su agonía, ha decidido que el precio de su supervivencia sea la sangre de su propio pueblo. Atrapados entre el fuego externo y el terror interno, el pueblo persa se enfrenta hoy a una triple tragedia: un sistema totalitario y fanático que se niega a ceder el poder, una guerra regional que destruye vidas e infraestructuras, y una crisis humanitaria que deja a millones de personas sin acceso a servicios básicos. A nivel interno, el mayor perdedor es la sociedad civil iraní. Atrapada entre un régimen que ha radicalizado su control social bajo el pretexto de la «defensa nacional» y una intervención externa que ha devastado la economía civil, la población ha visto cómo sus sueños de reforma se evaporaban. La guerra ha servido de coartada perfecta para silenciar cualquier voz disidente, para la hegemonía de un nacionalismo de supervivencia. Los perdedores no son solo los que sufren las bombas, sino aquellos cuya libertad ha sido pospuesta indefinidamente por la seguridad del Estado.
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