La Jornada
Los exabruptos y amenazas delirantes de Donald Trump son una prueba de la verdad que revelan los dichos o proverbios populares. “Perro que ladra no muerde”, reza el adagio que sin duda no fueron pocas las personas a quienes cruzó por la mente este popular refrán. Las bravuconadas del presidente estadunidense sobre la exterminación de Irán no son sólo indecentes, en la medida que supone la muerte de miles de personas inocentes, son también la expresión de un delirio con el que Trump intenta ocultar su impotencia con gruñidos que ya no asustan a nadie. Cierto, hay los desmemoriados que olvidaron otros alaridos del mandatario amenazando con los peores castigos, incluidos la condena de muerte y el infierno, a sus presuntos adversarios y enemigos.
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