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Aguantando hasta el final
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Aguantando hasta el final

El fútbol se parece a la vida, con la ventaja —solo aparente— de que dura noventa minutos y, en teoría, tiene reglas claras. Luego uno se sienta en la grada y descubre que ni lo uno ni lo otro son del todo ciertos. A mi izquierda, en el anillo superior del estadio del Elche, se había instalado un grupo de unos 300 británicos entregados a una forma de entusiasmo que oscilaba entre lo festivo y lo clínicamente preocupante. Era agosto. Primer partido contra el Betis. El calor caía con una determinación que, de haber sido una persona, habría requerido supervisión judicial. La humedad hacía el resto. Aun así, resistían. Sudaban con disciplina y bebían una sustancia de composición incierta que, por su comportamiento en el vaso, no parecía contener alcohol. El partido empezó según lo previsto. El Betis, equipo serio, imponía su lógica. Nosotros ofrecíamos algo más abierto a interpretación. Fue entonces cuando reparé en uno de ellos. A unos quince metros. No aplaudía. No protestaba. No participaba. Palidecía con método. Lo llamativo no era su estado, sino su negativa a reconocerlo. Mientras los de alrededor empezaban a mirarlo, él se mantenía firme, como si todo respondiera a un plan. Gol del Betis. Era previsible. Alguien pidió ayuda sin alterar demasiado el ambiente. Me acerqué. Taquicárdico. Pálido. Aspecto lipotímico.

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